Cocinar es al cuerpo lo que soñar a la mente

Hace unos días me llegó una gacetilla de propaganda de Pedidos Ya, el brazo local de un pulpo mundial de delivery cuyas motitos a destajo se ven por todas partes todo el tiempo: con indisimulada satisfacción, dicen allí del desastre humano que están causando: en “supermercados, la diferencia entre compras presenciales y virtuales continuó acentuándose. Mientras que el consumo en supermercados físicos sufrió una caída del 5,2% interanual en 2025 (…) PedidosYa Markets -mercados 100% online de la compañía- incrementó 21,6% sus órdenes”: se alegran de que la gente vaya cada vez menos a hacer sus compras no digamos al mercado o la feria, sino al supermercado. Esta pandilla multinacional de mercenarios de la deshumanización se alegra también de que el “consumo gastronómico también mostró una evolución positiva (SIC) durante 2025, al registrar un incremento del 18,5% interanual en pedidos de restaurantes”. Y luego detallan los diez ítems más pedidos, de más a menos: hamburguesas, helados, pizza, empanadas, panadería, sandwiches, sushi, milanesa, cafetería y pastas. El desastre alimentario: no cocinar y comprar comida chatarra, como es todo el chuchi en Argentina, donde no se lo prepara con atún sino con salmón rosado de fábrica. Como se ve, es toda comida pueril, infantil. ¡Si al menos se usara el delivery para comer aquello que sería difícil preparar en casa!
En esos mismos días, leí en RAI News que según datos elaborados por la Universidad de Boloña, el 88% de los italianos cocina cada día y sólo un 4% dice que no cocina porque no le gusta. En tal sentido, soy más ítalo que argentino porque cocino todos los días de la vida si estoy en casa y jamás hice un pedido de comida por delivery. Creo que cocinar la propia comida es parte del zen de la vida, al punto que en algunos monasterios budistas es una práctica establecida. A ello yo agrego utilizar algo cultivado o preparado en casa, más no sea una hojas de perejil, cilantro o albahaca. Ada, mi abuela paterna, cocinó todos los días de su vida si no estaba de viaje lo cual no era frecuente. Mario, mi padre, cocinó todos los días de su vida después de divorciarse salvo si estaba de viaje o comiendo afuera. En casa de mi madre Nora (donde tuvieron cocinera hasta que el fascismo se lo prohibió, en 1938) no había la misma cultura alimentaria y mi madre sólo cocinaba de vez en cuando sus platos maestros (gnocchi di semolino, pastel de papas, puchero, tarta de manzanas…). Comencé a cocinar a los 18 y, salvo cuando otros lo hacían por mí como en los barcos o los viajes, lo hago a diario desde entonces y siempre con mayor placer.
“La cocina de una sociedad es un lenguaje en el cual ella traduce inconscientemente su estructura” escribió alguna vez Claude Lévi-Strauss y en efecto, el informe de Pedidos Ya traduce el descoyuntamiento de la sociedad argentina en estos tiempos en que la preside un energúmeno que afirma, sin vergüenza, que desprecia la comida y la mesa al punto que si pudiera se alimentaría con píldoras. No es que sus predecesores se hayan destacado en ello: no resulta que ninguno jamás haya freído un huevo (ni preparado un asado) pero Macri llegó a tener un chef renombrado y una huerta en el techo de la Casa Rosada y otra huerta en la residencia de Olivos, donde cocinaba su mujer. Bien al contrario de la Loca Presa, que nutre desprecio por la cocina. No tengo registro de que ningún presidente argentino (ni primera dama) se haya preocupado por fomentar la cultura alimentaria y culinaria. El medio presidentucho Fernández se preocupó del hambre al punto de convocar (sólo una vez) a una “mesa del hambre” con Tinelli, Lepes, Caparrós y otros jetones y caretas pero la cosa quedó allí, en blablablá, foto y cafecito.
Lo que dice Lévi-Strauss se constata en la fractura social que hoy se expresa en la comida argentina por antonomasia, el asado. Hace una generación, todas las clases sociales comían la misma carne. Hoy los ricos hacen exhibicionismo de su impúdica y frívola ignorancia preparando asado de wagyu y cortes dry aged mientras que los pobres comen punta de asado o falda de vaca.
En el interesante “A Global Analysis of Cooking” hecho por Gallup, Cookpad y Ajinomoto por quinto año consecutivo en 120 países hay algunos datos interesantes sobre el cocinar en el mundo. Básicamente, le preguntaron a los encuestados cuántas veces había cocinado en los últimos siete días. En promedio global, los que más cocinaron (8 comidas por semana) fueron los separados, seguidos por los viudos (7,5), gente en pareja (7,5) o divorciados (7,3). Los solteros y célibes son los que menos cocinaron, un promedio de 4,9 comidas semanales. Las personas de 65 años o mayores tuvieron los índices más altos (7,2) mientras que los jóvenes de 15 a 24 cocinaron apenas 4,7 comidas semanales. También las personas que viven en el campo cocinaron más que los que viven en ciudades. Y el 20% más rico cocinó menos (5,8 veces semanales) que el 20% más pobre (7,0). También las personas con mayor nivel educativo cocinaron con menos frecuencia que las de menor nivel y comieron menos en casa. Las mujeres cocinaron el doble que los varones, con la notable excepción de Italia, seguida por España, Reino Unido, Suiza y Francia.
La gente que dice haber disfrutado cocinando en los últimos 7 días fue la mayoría en Canadá, Europa Occidental y América Latina y la minoría en el norte de África y Extremo Oriente. A nivel mundial, 76% de mujeres y 40% de hombres disfrutaron cocinando.
En América Latina, Argentina está entre los países con más comidas cocinadas en casa (7,7 por semana) aunque debajo de los top que son Venezuela y El Salvador. Las mujeres cocinan el doble que los varones pero no hay diferencias significativas entre niveles educativos, población urbana o rural o nivel de ingresos. Los que menos cocinan son los empleados a tiempo completo y los de hogares numerosos.
El informe dice “Cocinar en casa juega un rol vital en promover la salud de los individuos, impulsando el bienestar de la sociedad y el cuidado del ambiente. Cuando se preparan comidas en casa, los individuos pueden controlar los ingredientes y el tamaño de las porciones y determinar los métodos de cocción. Este control proporciona la oportunidad de elecciones de dieta más sanas y reduce la ingesta de alimentos procesados altos en aditivos y conservantes. Estas prácticas no sólo incrementan la salud personal pero también afianzan lazos más fuertes y tradiciones culturales, nutriendo conexiones y resiliencia en las comunidades.”
Hay otros estudios similares, en Argentina y más allá. Según uno realizado por GFK Group, en Argentina, un tercio de los encuestados afirma ser “apasionado por la comida y por cocinar“. En promedio, los argentinos dedican 6 horas semanales a cocinar, menos de la mitad que hindúes y ucranianos. Casi un 8% no cocina nunca. Otro asunto es qué es lo que se come: según la consultora Tripanel, en Buenos Aires y Gran Buenos Aires lo que más se morfa es pizza, milanesas y empanadas. Y lo que más se prepara en casa es milanesas, ensaladas, pastas y pizza.
Mucho peor está España, donde según un estudio casi el 60% de los españoles cocina todos los días pero algo más del 40% no cocina nunca y el número crece desde hace años, llevando a pensar en la distopía de viviendas sin cocina.
Hace un par de siglos el gran filósofo Ludwig Feuerbach, precursor de Karl Marx, escribió “Nosotros somos lo que comemos”. También somos lo que soñamos y así como hay desdichados que dicen que no sueñan nunca o que jamás recuerdan sus sueños, hay quienes creen que comer es llamar a Pedidos Ya a por hamburguesas. La vida se les va sin disfrutar dos de los mayores y más benéficos placeres de este mundo. Hay una desintegración penosa en esas “familias” que piden-ya comida chatarra y la ingieren cada uno por su lado frente a su pantalla. Pobres ignorantes alienados que no saben que las palabras “compañía” y “compañero” vienen del latín cum panis, “con pan”, es decir, comer juntos.





