Cuba

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Nunca estuve en Cuba, ni la admiré. A mediados de los ‘80, vi desde el puente de mando de un buque mercante, con binoculares, su costa norte en el horizonte y en las pantallas del radar mientras íbamos con un carguero a granel del Atlántico rumbo a un puerto del Mississippi o de Texas, no recuerdo. Pasé unas horas escuchando cuanto pude sus radios. Me causó estupor la idea de vivir en un país aislado así, comandado así. Por el Fidel grandote, desafiante a los cuatro cardinales y omnipotente con sus subordinados cubanos. Aquél que para mí cobró dimensión humana (con todo lo malo que pueda contener) cuando traduje del italiano “Fidel Castro. El último rey católico” de Loris Zanatta, en 2020.

Cuando los soviéticos y sus aliados títeres invadieron Checoeslovaquia y acabaron con “la primavera de Praga” yo tenía 12 años pero leía el diario todos los días, miraba los noticieros y leía las revistas italianas que llegaban a casa y la indignación que sentí fue similar a la que un año antes había sentido cuando los países árabes atacaron a Israel. Mucho me molestó enterarme que Fidel Castro (que había pasado años vociferando contra los soviéticos y su servidumbre latinoamericana de comunistas promoscovitas) dio una de sus muchas volteretas de gran desfachatado que era, apoyó la invasión y, para sorpresa a comenzar de los propios cubanos, se volvió prosoviético y dejó de blasfemar contra comunistas ortodoxos sudacas, incluso aquellos que habían traicionado al suicida Guerrillero Heroico. Años más tarde piruetaría parecido frente a China. Pero el charlatán sabelotodo no dijo palabra sobre el Mayo francés ni tampoco de la descomunal matanza de estudiantes y civiles desarmados en plaza Tlatelolco o de la Tres Culturas, México D.F..

Ya que muy pronto creí que la única izquierda decente era el trotskysmo, nutría un asqueado desprecio por Stalin y Mao, además de serias dudas sobre el invadiente guerrillerismo castroguevarista. No obstante, el clima de época me llevaba a seguir con interés lo que pasaba en Cuba o Vietnam e interrogar a quienes venían de la isla. Pero hace unos días descubrí un libro de medio siglo atrás, clave para entender lo que llevó al desastre a esa revolución de la cual hoy asistimos a lo que parece su agonía final: “Los guerrilleros en el poder. El itinerario político de la revolución cubana” del escritor polaco K. S. Karol, publicado en 1970 y que leí en inglés.

Fue el propio Castro quien invitó a Karol a Cuba, tras leer el libro que éste había publicado sobre la China de Mao en 1966. Karol, que había vivido (y luchado por y sufrido) el comunismo soviético hasta exiliarse en Francia, estuvo dos veces en Cuba en 1961 (entrevistó en francés al Che Guevara) y luego en el ‘67 y ‘68, cuando Castro se ocupó de llevarlo consigo en varios viajes y pasó horas hablando con él, que entendía y se las arreglaba con el castellano. Quería que Karol escribiera sobre Cuba en revolución y parece que éste le dijo que su libro sobre China fastidió a los chinos pero el cubano mintió: “Escriba lo que vea, critique, eso nos ayuda”. El libro de Karol no acababa de publicarse que el déspota barbudo lo calificó de “miserable escritorzuelo de izquierda” y “agente del imperialismo yanqui”, infamia que sería renovada al año siguiente durante la patética autoinculpación al gusto estalinista del poeta Heberto Padilla.

En su libro, Karol simpatiza de modo manifiesto con Cuba y sucumbe sin reservas al encanto psicopático de Ernesto Guevara, aunque logra mantener cierta mayor distancia con Castro. Pero a lo largo de medio millar de páginas enumera en detalle todo aquello que, tras apenas diez años, había descarrilado a la revolución: el voluntarismo incluso si desopilante, la burocratización desmesurada, la corrupción, la improvisación y el fanatismo ignorante incluso en la planificación económica, la anarquía productiva y logística y la ausencia de instituciones, la fortuna que se gastó en aupar guerrillas latinoamericanas, el sojuzgamiento dogmático de las organizaciones populares, un ideologismo a los bandazos y volantazos que incluyó copiar del comunismo europeo modos y sistemas administrativos in-cubanos, el culto a la personalidad del “genio” que detestaba La Habana y las oficinas y gobernaba en movimiento perenne por su isla (con custodia y comitiva, siempre) igual que sus ministros, los delirios de la industrialización forzada, la diversificación agrícola (¡espárragos y uvas cubanas!) y sustitución de importaciones, el verticalismo y la ausencia de instancias democráticas donde hacer críticas constructivas o a secas, la militarización del trabajo, la inmadurez, falta de compromiso y consciencia o inconsciencia de demasiados cubanos, mucha infraestructura obsoleta y, por sobre todas las cosas, el desmadre mental de un líder que se creía capaz de entender y decidir sobre cualquier tema por técnico o científico que fuera y que pasaba la vida en ello como un patrón de estancia, ocupándose de los más nimios detalles del Todo revolucionario, dentro de la isla y fuera en el mundo. Rey desnudo al punto de creer que la mitad más joven de sus súbditos eran “hombres nuevos”, “revolucionarios”. Que declamaba durante horas épicas historias al pueblo y en privado reconocía que la verdad era otra, pero no podía decirla en público.

Hay dos metáforas inestimables que ejemplifican el nivel de inimputabilidad criminal de Fidel Castro: una, que no figura en Karol porque comenzó tres lustros más tarde, es la “central nuclear” de Juragua, dos grandes reactores atómicos rusos que se iniciaron a principios de los ‘80 bajo la dirección del finalmente pateado en el trasero Fidelito (hijo mayor del dictador) y que debían abastecer al 15% de la electricidad consumida por la isla: diez años después, cuando desapareció la URSS, uno estaba a medio construir y el otro apenas, así quedaron abandonados tras tirar a la basura más de mil cien millones de dólares, en la estimación de papá Fidelote. La otra, que sí describe Karol, es el “Cinturón de La Habana”, un delirio del dictador según el cual la capital cubana debía producir su propio café, leche y verduras: cualquiera sabe que el café no es para nivel del mar y que las vacas en el trópico dan muy poca leche, pero el chiflado barbudo estaba convencido que pronto Cuba produciría mejores quesos que Francia. Y también más cítricos que Israel. No quedó nada de todo eso.

La fórmula del fracaso cubano tras apenas diez años de revolución es admirablemente descrita por Karol, un honesto y lúcido que más de izquierda no puede ser, y lo único que sorprende es que nunca, a lo largo de medio siglo, la satrapía Castro Hnos. no haya sido capaz de cambiar rumbo para salvar algo de su propia obra ni de aferrar ocasiones externas que se les ofrecieron y desdeñaron. Cuba no es un estado socialista ni mucho menos comunista, sino una dictadura sostenida por la alianza entre militares y burócratas estatales, con algunos tentáculos en tráficos non sanctos. Fuera de esa élite gobernante, los que mejor la pasan son quienes reciben cada mes dólares de parientes exiliados.

Que el imperialista Monstruo Naranja sea quien propine el golpe de gracia a la tiranía castrista sería una trágica ironía oblicua de la historia. Y lo que pudiera resultar de tamaña oblicuidad, un gran interrogante sin respuesta. Leer la historia cubana para atrás y mirando al norte da miedo.

Planta Nuclear de Juragua, foto de Tadeás Bednarz tomada de Wikipedia.jpg

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