10. Necochea, o cómo no fundar una ciudad

 In Blog, Guía Existencial Argentina, IV. Ciudades y pueblos

Necochea es una de las ciudades más curiosas de la Argentina: Franz Kafka podría haber escrito un cuento con su irrazonable historia, toda a contrapelo de la lógica. Al revés de lo habitual, el Partido de Necochea se creó por ley en 1865 separándolo del de Lobería, pero sin una cabecera. Al año siguiente se votó otra ley para fundar la ciudad y encabezar al partido, pero la ley fue ignorada y en 1877 se votó otra nueva ley de fúndese y encabécese. El agrimensor José María Muñiz hizo el trazado del pueblo pero la burocracia y la política porteño-bonaerenses siguieron dilatando el momento fundacional, que llegó recién en 1881 con el gobernador Dardo Rocha quien, como si no estuviera ya bastante ocupado con la fundación de La Plata, hizo que la ley al fin se cumpliera.

El segundo dislate fundacional fue de consecuencias más graves. A pesar de que el acto creativo a cargo de un grupo de vecinos ocurrió en la margen derecha del río Quequén, el agrimensor Muñiz trazó la plaza céntrica a unas diez cuadras del río y a más de veinte cuadras del mar. El lector no tiene porqué saberlo, pero el río Quequén Grande es el río más lindo de la provincia de Buenos Aires: no es como casi todos los demás un perezoso y desbordante río de llanura, de orillas fangosas. Su red de avenamiento nace en las laderas meridionales de las sierras de Tandil y Balcarce y corre a través de un país rocoso, con pequeños saltos; al llegar a la desembocadura tiene orillas de suaves colinas.

En 1881 hacía rato que las Leyes de Indias de Carlos I de España y V de Alemania habían dejado de tener valor en Argentina, pero el agrimensor Muñiz las aplicó a rajatabla. “De la plaza salgan cuatro calles principales, una por medio de cada costado, y demás de estas, dos por cada esquina…”. Muñiz tenía para elegir entre trazar una ciudad-puerto a orillas del río, previendo que un día no lejano quedara unida a la otra orilla por algunos puentes, o dibujarla frente al mar como un balneario a la Biarritz. Sin embargo, como si le tuviera miedo al paisaje, la implantó en medio de la nada como cualquier otro pueblo de las llanuras bonaerenses: sin horizonte o mejor dicho, con un horizonte de 360° que a los fines panorámicos prácticos es lo mismo que nada. Así Necochea quedó para siempre chueca: es una ciudad de campo pero a muy poca distancia de un hermoso río y un hermoso mar. Como era previsible, junto al río en la otra orilla nació un puerto Quequén y frente al mar, un balneario Necochea al que los lugareños le impusieron el poco sugestivo nombre de Villa Díaz Vélez. Hoy todo eso forma un sólo conglomerado urbano, pero disperso y de atractivo mucho más modesto que si la ciudad, el puerto y el balneario hubieran sido pensados como una unidad y no como un trámite burocrático. La folletería turística local refleja esta aberración fundacional con tres folletos turísticos del mismo aspecto y tamaño: uno dedicado a Necochea, donde prácticamente no hay nada para ver más que una agradable ciudad pueblerina; otro para Villa Díaz Vélez, el balneario que resume todo el significado turístico de la comarca; y otro más para Puerto Quequén, que es un pueblo tristón y disperso, mitad puerto y mitad balneario.

Esta comedia de errores tuvo su coronación en 1979, cuando la dictadura militar de un plumazo inconsulto separó a Quequén del partido de Lobería y lo anexó a Necochea, como si un mero decreto pudiera resolver los errores fundacionales. El decreto militar, en vez de unir a las poblaciones las separó y desde entonces los quequenenses luchan por obtener su autonomía municipal.

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