12. Villa Guillermina y las chimeneas del Chaco santafesino

Entre los pueblos vivos y los pueblos muertos, están los pueblos lánguidos. Villa Guillermina, en el extremo noreste de Santa Fe es eso: un pueblo que languidece a veinticinco kilómetros de la nacional 11, conectado al mundo por un asfalto en mal estado y caminos de tierra inútiles cuando llueve mucho. Hasta 1963, cuando La Forestal dejó el país tras deforestar el Chaco santafesino para irse a producir tanino de mimosa a Sudáfrica, Villa Guillermina era la capital de un mundo aparte que la empresa británica había construido en la provincia desde principios de siglo XX. El mal pavimento es una metáfora del mal paisaje que rodea a Villa Guillermina: La Forestal no dejó ni un quebracho de muestra en muchas leguas a la redonda. Otro monte más joven creció en algunas partes, en otras partes palmares. Hay campos roturados y pastoreados con vacas. El paisaje todavía recuerda que desde el punto de vista de la especie (quebracho colorado) La Forestal hizo una “limpieza étnica”. Vino un ejército de hombres rubios que comandaban a esclavos morochos y los hicieron tanino y durmientes a todos. No pensaron en dejar islas vírgenes de quebrachal por si acaso en el futuro. A contrapelo de su nombre, La Forestal trató al quebracho como una empresa minera al oro o al carbón. El único plan y estudio de impacto ambiental era explotar el recurso hasta agotarlo y luego pasar a otro sector virgen y así hasta extraerle todo el jugo a esos bosques. Sin odio, por simple avidez de lucro.
La chimenea principal de las muchas chimeneas tanineras de la comarca es el obelisco triste y abandonado de Villa Guillermina, que despunta sobre las pocas calles del pueblo como un volcán inactivo de la era industrial, entre las ruinas de unas grandes naves también de ladrillo, junto a una espantosa estructura industrial más reciente. El viejo corazón fabril de la región es un vasto baldío ruinoso, recintado y abandonado. La gran casa del administrador sigue ahí a la entrada del pueblo, sin mayor puesta en valor que la que puede darle la gente que la habita. Las casas de los funcionarios también, todas habitadas y alguna bastante cuidada. Las casas de los obreros lucen igual o quizá peor que cuando eran propiedad de La Forestal. No hay nada para hacer en Villa Guillermina: no hay un bar, ni posada, ni museo, ni tour guiado. La poca gente que se ve en la calle no hace nada: toma mate, conversa, barre frente a la casa, el grupito de chicos observa atentamente el paso fugaz del auto del forastero. La británica bomba de neutrones antiquebracho ahí en Ground Zero tuvo un efecto colateral: dejó a la gente atontada y aturdida, lánguida, como si todo el año y para siempre fuera 2 de noviembre, el día de los difuntos. Villa Ocampo, contigua a la ruta nacional, prosperó mejor y tiene un ingenio azucarero en actividad. Nada queda en Puerto Ocampo, al final del terraplén de veinte kilómetros que construyó La Forestal para un ramal de tren que transportaba el tanino hasta el puerto privado a orillas del ancho y profundo Paraná que sigue fluyendo indiferente a las cosas humanas, inundando todo cuando se le da la gana. Hay otra solitaria chimenea de ladrillos a orillas del Paraná Miní: la solidez de estas torres de ladrillos hace pensar que durarán siglos o milenios, porque no es tierra sísmica. Los británicos falos de laterculus (es el mismo ladrillo de los antiguos romanos) que violaron a la tierra permanecen erectos e inertes como tótems de una extinta civilización imperial industrial. Nadie sabe qué hacer con las chimeneas del desaparecido Chaco santafesino. Están ahí, para los pájaros.
