17. Blues para una ciudad sin nombre

Se iba a llamar no sabemos cómo. El Congreso que aprobó en 1987 la Ley 23.512 enviada por el presidente Raúl Alfonsín la llamaba Capital Federal: el nombre se iba a elegir por compulsa pública. En el papel, la idea era buena pero en la práctica era un delirio: ¿cómo podía la anémica y hasta poco antes picaneada República Argentina largarse a fundar y construir una nueva capital? ¿Con qué recursos?
En su implementación práctica, la 23.512 cayó en el ridículo desde el principio: el gobierno radical vendió la embajada argentina en Tokio por 400 millones de dólares y pretendió destinar esos recursos a las primeras obras fundacionales que nunca fueron más allá de un puente y un acceso vial. En esa misma época la nave del Estado que piloteaba Doctor Alfonsín encalló en el golpe financiero y en el caótico traspaso del poder a Doctor Menem los funcionarios radicales olvidaron dejar una nota de gastos de la futura Capital Federal Ley 23.512 a cuenta de la embajada de Tokio. Una bicoca, comparada con las joyas de la abuela que remataría Doctor Menem en el siguiente acto.
Que todo fue una gran payasada lo demuestra que en Viedma-Carmen de Patagones no quedó ni siquiera un museo de sitio con los planos, las maquetas, los mapas y los volúmenes de estudios que se contrataron al efecto y costaron un centenar de millones de dólares. Todo se evaporó en la nada.
En Viedma y Carmen de Patagones quedó como un invisible manto de vergüenza, propio de quien hizo un papelón: por unos pocos años creyeron que serían la aristocracia “nacida y criada” en la nueva capital y algunos terratenientes, a imitación de la porteña un siglo antes, hicieron buenos negocios inmobiliarios vendiendo estepa que nunca dejó de ser estepa a precios de futura capital. Doctor Alfonsín y su Ley 23.512 en el lugar no dejaron nada más que el recuerdo de unos años carnavalescos, de corso a contramano. El país apenas lograba ponerse de pie después de siete años de dictadura militar pero en Viedma y Carmen soplaban aires de Canberra, Brasilia, Washington, Pretoria. Algunos se lo creyeron y quedaron mal para toda la vida.
La idea de reparar el orgullo (y el honor, como anticipó Borges) de la conciencia civil heridos por la dictadura militar con una gesta fundadora en el sur y realizando una tarea histórica pendiente de la Argentina a mí no me parecía mal. Pero no creía que Alfonsín pudiera hacerlo, con ese país todavía descuajeringado.
Un Sumo Cartógrafo Radical dibujó los límites de la nueva capital en el mapa: a lo largo de la costa marítima el territorio federal se extendía un centenar de kilómetros entre Punta Rasa y Bahía Rosas; a lo largo de la costa fluvial el territorio federal remontaba por ambas márgenes del río Negro otros cien kilómetros hasta Guardia Mitre. Visión ampulosa de futuro no le faltó al Cartógrafo. Pero todo quedó en pastos duros. Nos venció el viento.
El ridículo quedó de todos modos asentado en los mapas argentinos impresos en el último año de la presidencia de Doctor Alfonsín (como el primer Mapa Pirelli que acompañaba a la primera Guía Pirelli) ya que obligaron a través del entonces I.G.M. a colorear el sector reservado a la ciudad Ley 23.512, de la nunca más se habló.
Estuve en Viedma y Carmen en 1989, 2005 y 2010: son de las ciudades más quietas de la Patagonia. Tienen un poco más de viviendas populares en las afueras, pero nada más. Ahí siguen las dos noviando ensimismadas: la bonaerense y más chiquita y linda desde lo alto, la rionegrina y más feúcha y grande desde el bajo, sin que se les note el paso de los años más allá del tejido urbano popular en la cintura que bien o mal les crece a todas las ciudades argentinas a medida que envejecen.
En 1995 en la Guía Pirelli propuse llamarla Ciudad Lo que el Viento se Llevó, pero no tuve eco.

