8. Rosario

Confieso que soy un amante tardío de Rosario. Más allá de algún paso fugaz en mi adolescencia en viaje hacia otra parte, llegué por primera vez a Rosario en barco en 1985 cuando el motor ship Nyon donde yo era tercer oficial de cubierta me trajo desde el Mediterráneo a cargar maíz. Atracamos justo frente al Monumento a la Bandera y estuvimos más de una semana cargando desde camiones, pero no conocí mucho la ciudad: pedí licencia y me fui a pasar unos días a Buenos Aires.
Volví a Rosario en 1989 cuando hacía la primera Guía Pirelli 1990 y aunque le dediqué toda una página, no quedé prendado de ella. En la Guía Pirelli 1995 Rosario tuvo nueve páginas, pero su relevamiento no fue hecho por mí sino por un colaborador. Tenía mucho trabajo por hacer en esa edición y me reservé las partes del país que me resultaban más interesantes. Rosario no era una de ellas.
No recuerdo cuántas veces pasé por Rosario a fines de siglo XX, pero sí que me provocaba un efecto deprimente con su suburbio lastimado por la desindustrialización de “la Chicago argentina” y la autopista sin letreros de señalización, que eran robados.
Creo que empecé a apreciar y gustar de Rosario cuando tuve que relevarla para la segunda edición de la Guía Fodor’s de Argentina: fue entonces que me enamoré del restaurante Ritch que ya no existe y de la parrilla Escauriza, que todavía está. De ahí en más fue un amor creciente hasta el punto que hoy es la ciudad argentina que más me gusta, porque es adonde más me agrada volver. Por uno u otro motivo, una o dos veces al año la visité a lo largo de la última década y la vi renacer gracias a su administración socialista. El puente sobre el Paraná firmó con un elegante trazo su condición de gran ciudad: es un símbolo más horizontal y comunicacional que el verticalista y autoritario Monumento a la Bandera, que nunca me gustó. Vi cómo se pusieron en valor las esculturas de Lola Mora para un anterior y más elegante y femenino monumento; cómo se devolvieron kilómetros de costanera a sus habitantes y se crearon espacios como el Parque de España, el SEC y el MACRO o incluso el shopping Alto Rosario. La vi multiplicar sus ferias callejeras con un buen criterio que no existe en Buenos Aires y me sorprendió con su mural y monumento al Che (aunque ya no lo admire como en mi adolescencia) y sus cuadros gigantes pintados en las medianeras de Arte a la Vista. Admiré la arquitectura y funcionalidad de sus CMD (Centro Municipal de Distrito) y en mi último viaje quedé impactado por el CMD del Sudoeste que proyectó César Pelli al pie de las tres grandes chimeneas de una extinta y desaparecida planta siderúrgica. Cada vez que vuelvo a Rosario descubro algo nuevo: la música de San Telmo Lounge, los boliches del barrio Pichincha, la terraza del Davis al pié del MACRO (ex silos Davis), el Museo de la Memoria, la librería Ross, los nuevos bar-café El Cairo y hotel Savoy, el viejo La Buena Medida y el no tan viejo Pasaporte, el notable restaurante de cosas de mar La Chernia el Chucho y la Chola, el formidable Jardín de los Niños, los blancos rascacielos de la soja al norte del parque Sunchales, los barrios privados pero abiertos, el proyecto del Puerto de la Música, etcétera. Rosario me sorprende con sus espesores crecientes de bienestar y recuperación del espacio y patrimonio urbano. Y con sus crecientes espesores de cultura de lo museológico a lo gastronómico, artístico y social. No tengo la menor duda de que es la ciudad argentina que más y mejor aprovechó la primera década del siglo XXI, la urbe más culta y progresista de nuestro país. Y si Buenos Aires no se entera, peor para ella. Córdoba sí se entera y hace lo que puede para rivalizar, con sus mediterráneos cordobeses peronistas o radicales.
Después de las rosarinas, lo que más me gusta de Rosario son esos buques de ultramar que van y vienen todos los días por el Paraná y pasan frente a la ciudad como en otras urbes los trenes o autobuses. Un rosarino puede ver pasar en un día más barcos que un porteño en toda su vida. La poesía y la fuerza del gran barco ultramarino que llega o se va por el gran río es el dínamo a la vista de la civilización rosarina. Ninguna ciudad argentina es más potente que Rosario en este sentido vital de la vida. Buenos Aires se mira ensimismada el Omblibelisco: los únicos barcos que le interesan son los cruceros turísticos en verano, que vienen con plata dura a usarla y admirarla.
La única pena de Rosario es el narco.

