9. Rosarinos y rosarinas

 In Blog, Guía Existencial Argentina, IV. Ciudades y pueblos

Confieso que alguna vez (cuando todavía no me gustaba Rosario) en un exceso de porteñismo llegué a emplear verbalmente el gentilicio “rosarino” como adjetivo levemente despectivo para referirme a un artista que nunca me movió un pelo. A mí tanto Alberto Olmedo como Roberto Fontanarrosa me hacían reir mucho y quizá por eso no los tomaba muy en serio. Tanto cambió mi percepción y valoración de Rosario en los últimos lustros que hoy si digo “rosarino” es con timbre admirativo.

Las mujeres rosarinas me gustan porque son despejadas y frontales: sin todos esos telones y entretelones que trastornan a otras hembras argentinas, desde las porteñas a las mendocinas. Dos veces me acosté con jóvenes rosarinas: la primera fue una de las noches más generosas y efímeras de mi vida sexual, basada en la simple atracción. La otra fue una de las más decepcionantes, con sexo pago. Rosario cría mujeres muy bonitas pero además agradables y lo mejor que puedo decir en este sentido es que a mi gusto hasta las rosarinas feas me resultan lindas a su manera, por su modo de ser. Tengo la impresión de que a las porteñas la luz las ilumina desde afuera y a las rosarinas, desde adentro. Quizá porque las porteñas miran más al Exterior y las rosarinas son mujeres de gran puerto y ciudad cosmopolita, pero del Interior.

Y de una ciudad argentina que reivindica su tradición y fama prostibularia, más no sea con su índole gay friendly. No sé ni creo que se pueda saber hasta qué punto la cultura prostibularia del barrio Pichincha (donde todavía queda algo) se difundió por la ciudad. Pero sí sé que prefiero las putas a las trolas (en el sentido italiano de troia, respecto a puttana) y hasta donde llegó hace una vida mi saber en la materia, las putas de puerto eran superiores a las de ciudad sin puerto, de ruta o pueblo petrolífero. A fuerza de fornicar con ciudadanos anónimos, camioneros anónimos, petroleros anónimos, marineros anónimos o chacareros anónimos, se forjan culturas prostibularias distintas.

En el perfume de las mujeres rosarinas hallo algunas moléculas aromáticas de ese nerudiano y cursi “yo amo a los marineros que aman y se van… no vuelven nunca más”. Me costaría probarlo, pero intuyo que Rosario es la ciudad sexualmente más libre y tolerante de nuestro país: nuestra Amsterdam.

Hace años estuve una noche en un local nocturno rosarino (del que no recuerdo el nombre, cerca del actual Patio de la Madera) donde sobre un escenario había espectáculos eróticos casi pornográficos interpretados por muchachas para un público varonil bastante apretujado y recuerdo que me sorprendió la compostura de los espectadores y la sensación de no estar un antro sórdido sino en un local ordenado y respetable. Conocí Amsterdam cuando era marinero y sé que la civilización puede llegar hasta estos rincones, que son tanto más marginales y sórdidos cuanto más hipócritas son los puertos y ciudades que los cobijan.

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