1. “La nave del Estado” y “el timón”: el origen de la metáfora náutica en la política (III)
Del tirano soviético hubo un gran afiche de 1933 llamado “Stalin es nuestro timonel” donde se lo ve empuñando una rueda de velero.

“Stalin es nuestro timonel” afiche 1933
Según Pravda (1/1/37), Stalin es el gran timonel que guía el barco soviético que, bien equipado y armado, “ciertamente no teme a las tormentas. Sigue su propio curso. Su casco fue hecho por su ingenioso constructor para la lucha contra elementos hostiles en la época de las guerras y las revoluciones proletarias” reporta Matteo Dalena en “Stalin el fin del “hombre de acero” (Historia National Geographic, 4/3/21). Y en el sitio web marxists.org se reproduce una interesante entrevista de H. G. Wells a Stalin en 1934, que en un tramo dice:
Stalin: Sólo grandes barcos emprenden largos viajes.
Wells: Sí, pero para emprender un viaje largo, se necesita un capitán y un timonel.
Stalin: Eso es correcto, pero lo primero que se necesita para un viaje largo, es un barco grande. ¿Qué es un timonel sin barco? Nada.
Wells: El barco grande es la humanidad, no una clase.
Así también Raúl Castro, el 11/9/14, dijo en un discurso refiriéndose a su anciano hermano mayor, que dos años después agonizaba: “Tenemos en el timón a un revolucionario que no se asusta de las tempestades”.
Pero la metáfora del timonel es elástica y no sólo aplica a los autócratas. Julio Algañaraz en Clarín (4/9/21) escribió “Mario Draghi, el gran timonel de una Italia que busca salir de la crisis” y el metafórico epíteto llegó hasta el “Beato Pablo VI: Gran timonel del Concilio (Testigos)“, título de un libro publicado en 2015 por Jesús María Ballester.
Un extremo de esta metáfora náutica, bastante corriente como veremos en un país tradicionalmente inestable y supuestamente necesitado de liderazgos fuertes como Argentina, es la “una mano (o brazo, o puño) firme (o fuerte, o decidido) en el timón”. Desde un punto de vista náutico es otra ridiculez ya que ningún timón, ni siquiera en la peor tempestad, se empuña con firmeza sino todo lo contrario, con gran elasticidad o flexibilidad, ola por ola. Y desde un punto de vista político también suena ridículo si se lo mira con una óptica helvética, canadiense o de cualquiera de las muchas naciones que no tienen necesidad alguna de puños fuertes al timón del Estado. Esto nos llevará de a poco a constatar hasta qué punto la metáfora náutica puede implicar una distorsión o falsificación de la realidad en el análisis político. Para refrendar este concepto, cito una metáfora náutica aplicada a la política por un experto hombre de mar. El capitán inglés Basil Hall, en su interesante y agudo Extracts from a Journal Written on the Coasts of Chili, Peru and Mexico in the Years 1820, 1821 and 1822, refiriéndose al general San Martín (de quien dejó quizá la más vívida descripción) en los días de la liberación del Perú, escribió “en efecto, era necesaria una mano hábil para timonear la nave del estado en semejante momento”. Nótese bien que Hall, a diferencia de los terrícolas, no habla de fuerza o firmeza en el timón, sino de habilidad.
En “Naufragio con espectador: paradigma de una metáfora de la existencia“, Hans Blumenberg se concentra en la metáfora náutica relacionada con la literatura y la filosofía, renunciando expresamente a su aplicación a la política más allá del primer capítulo: en una nota al capítulo 2, escribe: “Sobre la alegoría de la nave del estado, que aquí no será más seguida, cfr. Eckart Schäfer, Das Staatsschiff. Zur Präzision eines Topos…”: sobre el trabajo de Schäfer se dirá algo más adelante, pero aquí retomo las palabras finales de Blumenberg: “El enigma de la metáfora no se explica sólo con la insuficiencia del concepto. Enigmático es en efecto el motivo por el cual en general las metáforas son “soportadas”. Su sofisticación puede hacer comprensible porqué ellas en la retórica aparecen como “ornamento del discurso”, pero que sean aceptadas también en contextos objetivos no es una cosa que se comprenda por sí misma. En efecto, en cada uno de estos contextos la metáfora es antes que nada una fuente de molestias”. Y termina afirmando: “Pero es sólo el engaño de una metáfora absoluta, que fue tomada literalmente”. Lo que yo entiendo de mi prosaica lectura de Blumenberg es que la metáfora náutica mal se aplica a la vida humana, que no es una navegación ni acaba en naufragios. De allí barrunto que lo mismo sucede con la metáfora náutica aplicada a la política.
