1. “La nave del Estado” y “el timón”: el origen de la metáfora náutica en la política (I)
La metáfora náutica aplicada a la vida y la filosofía tiene sus pioneros en Séneca1 y Epícteto2, además de algunos otros, según Hans Blumenberg3, quien dedicó un entero libro al estudio de la metáfora de la “navigatio vitae“.

“El barco de locos” según Hieronymus Bosch. bajo licencia de dominio público
Pero fue Platón, en el Libro VI de La República, quien la aplicó por primera vez a la política: “Figúrate, pues, un patrón de una o de muchas naves, tal como voy a pintártelo; más grande y más robusto que el resto de la tripulación, pero un poco sordo, de vista corta, y poco versado en el arte de la navegación. Los marineros se disputan el timón; cada uno de ellos pretende ser piloto, sin tener ningún conocimiento de timonel, y sin poder decir ni con qué maestro ni en qué tiempo lo ha adquirido. Además dicen que no es una ciencia que pueda aprenderse, y estarán dispuestos a hacer trizas al que intente sostener lo contrario. Imagínate que los ves alrededor del patrón, sitiándole, conjurándole y apurándole para que les confíe el timón.
Los excluidos matan y arrojan al mar a los que han sido preferidos: después embriagan al patrón o le adormecen haciéndole beber la mandrágora, o se libran de él por cualquier otro medio. Entonces se apoderan de la nave, se echan sobre las provisiones, beben y comen con exceso, y conducen la nave del modo que semejantes gentes pueden conducirla. Además, consideran como un hombre entendido, como un hábil marino, a todo el que pueda ayudarles a obtener por la persuasión o por la violencia la dirección de la nave; desprecian como inútil al que no sabe lisonjear sus deseos; ignoran, por otra parte, que un piloto auténtico ha de tener conocimiento exacto de los tiempos, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y de todo lo que pertenece a este arte; y en cuanto al talento de gobernar una nave, haya o no oposición de parte de la tripulación, no creen que sea posible adquirirlo ni como ciencia ni como práctica del pilotaje. En las naves que pasan tales cosas, ¿qué idea quieres que se tenga del verdadero piloto? Los marineros, en la disposición de espíritu en que yo los supongo, ¿no le considerarán como visionario que pierde el tiempo en contemplar los astros, charlatán e inútil?”.
Con este párrafo, Platón abrió un campo metafórico que se extiende hasta hoy. También en El Político, Platón recurrió varias veces a la metáfora náutica. Destaca esta afirmación del Extranjero: “Así como el piloto, preocupado constantemente con la salvación de su nave y de la tripulación, sin escribir leyes, sino formando una ley de su arte, conserva sus compañeros de viaje; en igual forma el Estado se vería próspero, si fuese administrado por hombres que supieran gobernar de esta manera, haciendo prevalecer el poder supremo del arte sobre las leyes escritas”.
También Aristóteles, en la Política, usó la metáfora náutica: “Como el marino, el ciudadano es miembro de una comunidad. Ahora, los marinos tienen diferentes funciones, porque uno de ellos es un remero, otro un capitán, y un tercero es vigía…tienen todos un objetivo común, que es la seguridad en la navegación. Del mismo modo, un ciudadano es distinto al otro, pero la salvación de la comunidad es el asunto común de todos ellos”.
1Séneca: “Ningún viento es bueno para quien no sabe hacia qué puerto navega”, Cartas de Séneca a Lucilio, Carta LXXI.
2Epícteto: “Es como ir en un viaje oceánico. ¿Qué puedo hacer? Elegir al capitán, al barco, la fecha y el mejor tiempo para zarpar. Pero luego viene una tormenta. Bueno, ya no es asunto mío. Hice todo lo que podía. Ahora es problema de otro, es decir, del capitán.” “Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza.” “Cuanto mayor es la dificultad, más gloria se obtiene al superarla. Los pilotos hábiles obtienen su reputación en las tormentas y las tempestades.” No mencionado por Blumenberg, otro pionero fue también Alceo (ca. 630-580 a.d.C.) quien en los Cantos de batalla o Stasiotika compara a su natal inquieta Mitilene con una nave en la tormenta: “No comprendo la dirección de los vientos / de este lado rompe una ola / por allá otra y nosotros en el medio / somos transportados con la negra nave / castigados por el violento torbellino / el agua de la sentina cubre la base del palo / la vela es toda un trapo transparente / grandes tajos la surcan, las jarcias ceden, los timones…”. Tampoco Blumenberg menciona a Esquilo en Los siete contra Tebas, versículos 1-3, donde dice: “Ciudadanos de Cadmo, es necesario que diga palabras adecuadas a las circunstancias quien guía al Estado sosteniendo el timón, sin cerrar los ojos por el sueño”. Otro precursor de la metáfora náutica fue Polibio (VI, 44, 3-7) donde escribió: “El pueblo de Atenas en efecto suele comportarse cada vez como la tripulación sin capitán: hasta que el temor a los enemigos o la llegada de una tempestad inducen a los marineros a actuar concordes y obedecer al capitán y todo procede en la nave en el mejor de los modos; cuando, recobrado el ánimo, ellos comienzan a despreciar a los comandantes y a discutir entre ellos animados por opiniones diversas, unos deseosos de continuar la navegación, los otros de convencer al timonel a dar fondo a las anclas, entonces hay quien arranca los cabos, quien se opone y amaina las velas; a quien los observa desde afuera con su discordia, marineros de tal guisa presentan un muy triste espectáculo y además, su situación es peligrosa: a menudo ocurre que, tras haber superado a los peligros de mares lejanos y de graves tempestades, ellos acaben naufragando en los puertos y cerca de la tierra”. Pero estas cosas suelen sucederle a los terrícolas, más que a los marinos.
3Hans Blumenberg menciona además a Aristipo de Cirene como quizá el primer metaforizador náutico al emplear la idea de la agitación marina para los estados de ánimo, en tanto que la calma chicha (llamada en griego antiguo “galenótes”) es, para epicúreos y pirronistas, la imagen negativa del cómodo bienestar. También Tales (citado por Séneca) y Horacio en sus Odas (“la nave del Estado“) luego glosado por Quintiliano (“navem pro re publica“) donde las tempestades serían las guerras civiles. Otro pionero de la metáfora náutica, no mencionado por Blumenberg, fue Dion Casio en su Historia romana, en el “Discurso de Mecenas a Augusto” (LII, 16, 3-4): “Y por esto nuestra ciudad, como una nave grande y llena de gente de toda clase, sin capitán, ya desde hace muchas generaciones arrastrada entre muchas olas oscila y se sacude de aquí para allá como si no tuviera lastre. Entonces no permanezcas indiferente a la vista de esta nave arrastrada por la tempestad (observa en efecto como hace agua por todas partes) y no permitas que ella acabe estrellándose contra las rocas (que está en mal estado y no podrá resistir mucho más)…”. Dion Casio distorsiona para uso terrestre las cosas del mar, donde nada de lo que dice sería probable.
