12. Los chilenos al volante

La primera vez que percibí la diferencia entre los chilenos y los argentinos al volante fue en 1992, al final de un crucero por los canales fueguinos en Punta Arenas. Era la última noche a bordo y después de la cena un tripulante y un agente de la compañía con su camioneta se unieron a nuestro pequeño grupo multinacional para ir a tomar unos tragos al pub de la ciudad. Cuando dejamos el pub para volver a dormir al Terra Australis eran las dos de la mañana y en Punta Arenas no había más movimiento que en la Luna. Pero el conductor chileno no arrancó hasta que todos nos pusimos los cinturones de seguridad y respetó religiosamente las luces rojas de los tres o cuatro semáforos que parpadeaban en la noche desierta.
La segunda vez que percibí la diferencia entre los chilenos y los argentinos al volante fue en 2003 mientras bajaba de los Andes al Pacífico por el Desierto de Atacama. En la ruta de vocación marciana (puro cielo azul cobalto y pura piedra roja astillada) no había nadie pero de pronto a lo lejos hubo un autobús que iba en mi misma dirección y un cruce de ferrocarril minero con una señal roja de STOP. Yo venía a buena velocidad y gracias a la amplia visual, persuadido de que no había trenes en muchas leguas a la redonda no pensaba aminorar gran cosa mi velocidad para cruzar un paso a nivel sin barreras en ese pedregal infinito. Grande fue mi sorpresa al aproximarme al cruce ver que el autobús se detenía (literalmente, hasta cero kilómetros por hora) frente a la señal de STOP y su conductor oteaba a ambos lados de las vías desiertas antes de volver a enganchar la primera.
Tuve un satori instantáneo y me llovió un Chile sobre mi argentinidad. Pasé los siguientes cientos de kilómetros, hasta que apareció el Océano Pacífico, haciendo mentalmente análisis FODA de una Argentina que se caga en las señales de PARE y un Chile que respeta a rajatabla las de STOP. Creo que tanto en tiempos de paz como de guerra, la boluda disciplina chilena es lamentablemente superior a nuestra avivada anarquía argentina. Me encantaría que fuera al revés, sobre todo porque ello implica cierta repugnante superioridad de la dictadura pinochetista frente a la dictadura videlista-violista-galteriana-bignonesca. Mientras acá los mierda se preocupaban de amenazar a los conductores en zonas militares a que no se detuvieran o el centinela les haría fuego encima, los de allá dieron vuelta una forma nacional de manejar. Porque hasta que a Pinochet se le antojó ordenar el tránsito, los chilenos manejaban más anárquico que los argentinos. Y Pinocho los puso a todos en escuadra, carabineramente. Aprendieron tan bien que ni siquiera con tres gobiernos democristianos y/o socialistas se les aflojó el nudo de la corbata vial, bien al contrario.
Hace unos años tuve un día curioso en Chile: iba recorriendo la nueva ruta costera del Pacífico y en Pichilemu levanté a un carabinero que hacía dedo. Lo llevé durante un rato hasta otro pueblo y mientras conversábamos fui tranquilamente cargando y fumando mi pipa. Unas horas más tarde otro carabinero me detuvo en la ruta por exceso de velocidad: su instrumento portátil registraba que yo iba una decena de kilómetros por hora más veloz que lo permitido. Mientras estaba detenido y el carabinero inspeccionaba mis documentos, me dispuse a lo más natural en semejante trance: cargar y encender mi pipa, sentado frente al volante. Me sorprendió ver que el carabinero de marras se sorprendía como si yo me hubiera abierto la bragueta y puesto a masturbarme.
Con bastante gentileza me explicó que en Chile fumar al volante está prohibido y mi expresión de sorpresa fue tan genuina (le comenté que los argentinos no sólo fumamos al volante sino que además cebamos mate, a veces las dos cosas al mismo tiempo y a toda velocidad) que el carabinero se abstuvo de multarme por exceso de velocidad y por fumar al volante, recomendándome algo que ese día escuché por primera vez: “conduzca a la defensiva”. Una frase que nunca más me abandonó y llevo prendida en el pecho como una escarapela cuando manejo entre argentinos que “manejan a la ofensiva”.
Otra cosa que me gusta de las rutas chilenas es que en la estación de peaje pagan todos: ambulancias y carabineros también. Lo que no me gusta de las rutas chilenas es que siempre anda por ahí algún chilenito resentido con los argentinos que de una forma u otra se encarga de hacernos de saber que no nos quieren mucho a ese lado de los Andes. El carabinero puede ser indulgente, pero ese anónimo chileno huevón puede ser implacable con los autos argentinos: siente que hace patria con su disciplinamiento ejemplar. Te raya la pintura, te rompe un espejo por gusto.

