I Grandi Vini d’Italia

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El pasado lunes 7, en el notable espacio del restaurante del piso 9 del Palacio Libertad, antes CCK y una vez Correo Central, el Instituto de Comercio Exterior de Italia organizó, junto a Vinitaly, una cata de ocho grandes vinos italianos a la que fui invitado gracias al amigo Juan Carlos Fola.

Sabía de antemano que se serviría apenas una dosis de cada vino y que sería en un salón lleno de gente con un Italian wine ambassador dirigiendo la cata, es decir lo contrario de lo que necesito para justipreciar un vino: soledad, calma, silencio y la botella cubierta para servirme cuando quiero ir más a fondo. En los últimos años de mi Guía Austral Spectator cataba a ciegas absoluta es decir sin saber nada del vino ni su precio. Me interesaba sólo lo que había en mi copa. Estudiar, interrogar, a veces intimar con vinos incógnitos. Darle un puntaje y ponerlo en palabras.

Sabiendo lo que probaríamos, me preparé averiguando el precio (en Italia, con IVA) de cada botella:

  1. Fontanafredda DOC Brut Bollaciao, 18,40 euro (al cambio blue de hoy, 32.200$)
  2. Valdobbiadene Prosecco Superiore DOCG Brut, 14,90 euro (26.250$)
  3. Idda Etna DOC Bianco Carricante Graci+Gaja, 38 euro (66.500$)
  4. Vietti Lazzarito 2019 Barolo DOCG, de 187 a 260 euro (aprox 330.000$)
  5. Casanova di Neri, Brunello di Montalcino DOCG 2018, 52,50 euro (91.000$)
  6. Marchesi Antinori Tignanello Toscana IGT 2021, 135 euro (236.000$)
  7. Sassicaia Tenuta San Guido Bolgheri DOC 2022, 299 euro (523.000$)

El octavo vino, un Amarone de la bodega Dal Forno Romano, iba a ser el más caro: 390 euro. Pero fue sustituido por un Dal Forno Romano Valpolicella Superiore DOC 2016, 110 euro (192.500$).

De antemano me hallé sugestionado por los precios. En mi filosofía de vino no existe nada que valga más del máximo que muy excepcionalmente puedo estar dispuesto a pagar, es decir unos 50 euro, quizá algo más en dólares, por una botella. No creo que exista vino más allá, o es vino-Veblen. Por ello me intrigaba mucho examinar olfatogustativamente a esas copas a la luz de su precio. No usé la escupidera, porque no juzgo bien a un vino sin tragarlo, ponerlo en sangre.

Pero me distrajeron con un juego colectivo en el que, menos el blanco siciliano, los otros vinos eran servidos a ciegas: no mostraban la etiqueta y propusieron que, en dúos de vino, se identificara cuál era cuál. Eso me obligó a catar a ciegas pero sin el recogimiento monacal que necesito. El conductor de la cata enumeraba descriptores (“un eneldo, un durazno, un cítrico”, “metálico, grafito, piedra, mineral”, etc.) distrayéndome aun más de mi objetivo: intentar intimar, rodeado por medio centenar de otros haciendo lo mismo, con esos vinos.

Los dos espumantes me agradaron bien. El blanco de uva Carricante del Etna me cautivó: de aroma envolvente y profundo, untuoso en boca, con muy buen cuerpo, apunté en mi cuaderno “tiene todo lo que se le pueda pedir a un blanco”.

El Barolo Lazzarito (uva Nebbiolo) me resultó inexpresivo en nariz pero complejo, largo y elegante en boca. El Brunello di Montalcino Casanova di Neri muy discreto, casi tímido en nariz pero de linda acidez, elegante y de buen largo. El Tignanello (uva Sangiovese) cerrado en nariz, de ataque dulce en boca con mucha materia y buen cuerpo, “gran beva” apunté. El Sassicaia (Cabernet Sauvignon con Franc) me ofreció un aroma frutado rojo envolvente y una boca muy redonda y plena, bien armado de acidez y taninos, con un dejo terroso en su largo final. Y el Valpolicella (uva Corvina), tímido en nariz con un eco rojo, me resultó pleno en boca, de materia sabrosa, gran balance y largo final, “muy gustoso beber”.

Ninguno de ellos me hizo volar la peluca, pero catando en esas condiciones quizá no hay vino en la Tierra que pueda. Pero me gustaron mucho, en especial el Idda siciliano y Sassicaia livornés: tenía particular interés en probarlo (compré una vez en Italia su hermano menor Ornellaia) porque Livorno es la tierra de mis antepasados paternos y cuando yo vivía por allí, a mediados de los ‘70, si bien este vino existía con media docena de cosechas, nadie lo sabía y si alguien hubiera dicho que en provincia de Livorno, junto a la Vía Aurelia en la Maremma, se elaboraría uno de los mejores y más afamados vinos de Italia la respuesta habría sido burla gruesa, a la livornesa. El Nuevo Mundo también existe en el Viejo.

Nos hablaron de terruños, suelos, orientaciones y cepas italianas pero no mencionaron algo que me parece está presente en esos vinos: los siglos. Sumada, la edad de esas ocho cantine es de más de 1.300 años, donde la mitad es de Marchesi Antinori que hacen vino desde…1385, 26 generaciones. Ese acervo me parece más determinante en estos vinos que el tipo de suelo, el clima o la crianza. A pesar del ruido ambiental, percibí cierta “interioridad” en ellos que me hicieron pensar en eso, generaciones haciendo el vino.

Tampoco dijeron nada del precio de esas 8 etiquetas, que sumaban unos mil euro o casi dos millones de pesos, a un valor promedio de bastante más que cien euro. El traguito de Sassicaia que se observa en la tercera copa de la primera fila cuesta más de 15 euro. Aquí se entra en un mundo que me resulta ajeno, incomprensible. Admitamos que aquellos cinco tintos eran de una elegancia y complejidad singular: su precio obliga a que lo beban personas vulgares y simples. Dudo que una persona elegante y compleja gaste 200 o 300 euro en una botella de vino. Aunque quizá en altas órbitas…

Me trastorna sólo pensar a qué precios podrían llegar esos vinos a las góndolas argentinas. Un importador me comentó que a los precios (sin IVA) italianos había que sumarle un mínimo de 120 % de costos (flete al FOB, flete, tasas, doble IVA, despachante, etc.) y falta el margen de ganancia y del vendedor final. A ojo, en Argentina se triplicaría el precio. ¡Patapúfete!

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