16. Hasta la Argentina siempre

 In Blog, Guía Existencial Argentina, V. Forasteros

Los años en que viví en Italia en la segunda mitad de los 70, sin rozar ni de lejos la tragedia de acá, no eran fáciles tampoco allá: la tensión política se reflejaba con frecuencia en las discusiones familiares que solía haber en las sobremesas después de las comidas toscanas donde a menudo había además de familia, amigos: después de la Liberazione (es decir del fin de la última guerra y la caída del fascismo) mi abuela Ada votó toda su vida a la Democrazia Cristiana, mi abuelo Giorgio hizo lo propio con el laico Partito Liberale, mi padre Mario siempre fue un anarco-individualista e inconformista enemigo de los totalitarismos pero uno de sus mejores amigos era un funcionario del Partito Comunista Italiano y los nietos simpatizábamos con la sinistra estraparlamentare. Así con frecuencia se armaban fervientes discusiones políticas que a un cierto punto mi abuelo solía zanjar con una de sus frases favoritas, propias de un espíritu liberal: “il mondo è bello perchè è vario, diceva Pirandello”.

Durante esos casi diez años que viví afuera del país, la Argentina para mí fue un agujero lleno de muerte y espanto. Viví tan lejos de mi país que llegué a soñar y a pensar en inglés y esa fue una de las razones por las que quise volver: sentía que estaba perdiendo mi lengua, hablaba en una polilingua o multiparla donde de cada diez palabras, para decirlo bien y pronto, necesitaba dos o tres de otro idioma.

Recién a la tercera vez que regresé en 1987 pude quedarme y sentir que el soplo rumbo al futuro era más fuerte que la succión hacia el pasado. Tardé bastante en volver a echar raíces: durante años sentí que un golpe militar, una desdicha amorosa grave o una buena oferta de trabajo podía llevarme de nuevo a vivir en otro país. Creo que mi proceso de re-arraigamiento sólo terminó de cerrar dentro de mí con el tardío nacimiento de mis hijos Luca y Bruno. Fue a través de ellos que acabé de asumir que (aunque también tengo un pasaporte italiano) mi lugar en el mundo estaba aquí y que la Argentina era un buen lugar para tener y criar hijos.

Además, me inventé una profesión que para mí era como un juego: experimentar y describir territorios -y vinos, y aceites de oliva, o pescados y mariscos. Después de haber escrito y publicado más de veinte guías de viajes y de vinos me sentía condenado a seguir viajando e interpretando la Argentina hasta el final de sus rutas, sus vinos y mis días. La Argentina con todas sus tortuosidades y vericuetos era mi laberinto natal y vital: me seducía con su lado histérico y siempre inaferrable, sus refinamientos y barbarismos, sus llenos y vacíos, sus mansiones y ranchitos, sus abismos horizontales y verticales, sus colores y sabores regionales, sus extranjeros enamorados de la tierra y sus nacionales despechados, sus reyertas políticas literarias y hasta futbolísticas, su futuro saturado de pasado y siempre discutido en el presente, su riqueza llena de pobreza o viceversa, su castellano tan original para la grosería o la delicadeza, su misteriosa capacidad para volver ricos a salames impotentes y pobres a genios productivos, su habilidad para fabricar plata donde no la hay y vivir a crédito o del sacomano, su adolescente inmadurez institucional llenándose la boca de todo lo contrario, sus eternas moratorias fiscales y el sistema impositivo más retrógrado del planeta, su coparticipación federal con un lobo feroz y veinticuatro enanitos, sus formidables vinos y sus carnes siempre más caras, sus shopping y mercados bolivianos, sus autopistas y huellas primitivas, sus nuevos prósperos inmigrantes y sus aborígenes olvidados, su barullo radial porteño y silencio radial fronterizo, sus escolares de guardapolvo blanco, sus villas miseria con antenas satelitales y barrios privados sin librerías, sus eneros y febreros donde nunca pasa nada aunque estalle el resto del planeta, sus caraduras capaces de defender lo indefendible, su rigor verbal y su blandura factual, su Estado omnipotente pero al final impotente, su República que es una anacrónica y arbitraria monarquía electiva, sus presidentes que un día se creen eternos pero luego acaban despedidos a patadas en el trasero.

Bien o mal es mi país y por eso cierro estas páginas glosando a una vieja consigna revolucionaria cubana por todo aquello que queda por hacer:

¡Hasta la Argentina siempre!

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