El misterio de una máquina compleja

 In Blog, Milei

La mayoría de quienes lean estas líneas son igual que quien suscribe en esto: la máquina más compleja que tienen en casa es la notebook. Máquina mucho más potente que el mejor celular, que de suyo ya lleva dentro desde hace años más potencia de cálculo que la que tenían las naves Apolo

La protagonista de esta historia de misterio tecnológico es una notebook Acer Aspire 5 que compré hace quizá un lustro y funcionaba muy bien para el uso que le doy, siempre con Ubuntu/Linux y Mozilla/Firefox. La notebook es no sólo mi máquina de escribir y correo electrónico sino la ventana a internet donde leo diarios, miro o escucho en streaming las noticias que me interesan, escucho música mientras cocino, tengo las enciclopedias, etc.

Siempre, cuando escribo, tengo un jarrito de café, un vaso de soda o agua, una copa de vino cerca, en la misma mesa. Sobre esta notebook un día derramé agua o vino, ya no recuerdo: era la segunda vez que me ocurría, ya había malogrado así a una notebook anterior. La Acer se encendía, funcionaba un rato y se apagaba.

La llevé al servicio técnico más próximo y confiable. Le cambiaron el teclado (unos cien mil pesos) y me la devolvieron como funcionante. Pero tenía un nuevo problema. Después de funcionar normal 45 minutos o una hora, se le apagaba la pantalla. Lo único posible era apagarla y volver a encenderla pero al rato volvía a quedar negra la pantalla. Esta vez el servicio técnico la tuvo varios meses (para entonces ya tenía otra notebook, la primera con el teclado cuidadosamente forrado por mí en celofán) y no le encontró la vuelta: la explicación es que se había embromado, en la placa madre, un chip relativo a la pantalla y eso no tenía arreglo. No había placa madre de repuesto y ellos no colocaban usadas. Aunque busqué, no encontré tampoco placa madre usada. Finalmente la llevé al servicio técnico de la marca en Buenos Aires y tras unas semanas dijeron lo mismo que mi servicio técnico.

Era una lástima, porque tenía teclado nuevo y una pantalla impecable. La conservé como máquina para usos “sucios”: ver películas en ok.ru o entrar a sitios no confiables y borrar el historial completo regularmente. Si se apagaba la pantalla al cabo de una hora no me importaba. Con los meses, vi que el funcionamiento de esta máquina compleja iba mutando. Antes, se apagaba a los pocos minutos de un segundo encendido. Ahora podía funcionar otra hora sin apagarse la pantalla.

Tiempo después, algo asombroso: la máquina volvió a funcionar perfectamente, durante toda la jornada. Escéptico, dejé pasar varias semanas encendiéndola a diario. Y otras semanas más por superchería antes de decidirme a narrar este misterio o milagro de la tecnología compleja.

Mi Acer Aspire 5 se curó sola de mi baño. Tardó unos años pero se reparó, se sanó solita con ayuda quizá de mi encendido regular: no la abandoné en un cajón.

Ciertamente hay una explicación a este enigma, pero debe ser tan intrincada que no entendería nada.

Misterios de las máquinas complejas.

Addenda: mi primer contacto con la computación fue cuando estudiaba en Pisa a mediados de los ‘70 y compartía piso con otros cuatro estudiantes, tres de ellos de informática y computación. Vi más de una vez el centro de cálculo de la Universidad, una gran planta baja junto a Via Santa María con máquinas del tamaño de grandes heladeras que se expresaban con cintas, tarjetas y pantallas primitivas. Ninguno de mis roommates tenía nada parecido a una computadora en su habitación. No se qué memoria, potencia y velocidad de cálculo tenía esa sala de computadora de Pisa, pero no me sorprendería que esta notebook sea superior en algo o en todo a aquella. Y miles de veces más liviana y pequeña, portátil. Pero dentro de ella cabe buena parte de mi mundo y vida cotidiana.

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