15. Volver

Me fuí de la Argentina en noviembre de 1974 y volví en el invierno de 1983 porque me trajo un barco carguero donde yo era oficial cadete de cubierta. Después de nueve años afuera, fue todo muy raro: el Nyon (que venía vacío de descargar maíz australiano en el puerto egipcio de Alejandría) repostó en Tenerife sin tener instrucciones sobre su próximo destino. Hasta que el capitán suizo Von Arx subió al puente de mando donde yo estaba de guardia.
–Adivine adónde vamos a cargar– me dijo blandiendo el telegrama que acababa de pasarle el radiotelegrafista, que a bordo todos llamaban el Marconi.
–A Buenos Aires– arriesgué al ver el brillo pícaro de sus ojos interpelando a su tercer oficial ítaloargentino y porteño, para la precisión.
–No. Pero le anduvo cerca: vamos a Bahía Blanca–
“Of all places” debo haber pensado, porque entonces había llegado a pensar y soñar en inglés. Así tuve dos semanas de mar y cielos estrellados ecuatoriales, tropicales y subtropicales para hacerme a la idea de que volvía a mi tierra, por mar y tras nueve años, como Ulises. Vi aflorar en el horizonte marino austral y erguirse cada noche más alta a la Cruz del Sur ritmando un volver que me llenaba de mariposas el estómago. Me había ido al comprender bastante temprano que los mierda nos iban a matar a todos los que trasoñábamos con una revolución y el socialismo. Pasé “los años de plomo” en Italia y España, donde desde 1976 vi llegar a muchos amigos y compañeros mientras cada tanto me enteraba de que otra ex novia, amigos o compañeros del Colegio (Nacional de Buenos Aires) habían desaparecido. En mi autoexilio en Pisa hice lo que pude por denunciar los crímenes de la dictadura de los mierda, participando en la organización de festivales, escribiendo algunas cosas y con un programita de radio en una “FM libera” llamada Radio Cittá Futura. Un año antes de mi regreso involuntario, mientras estudiaba en el Liceo Nautico de Livorno, la Argentina de los mierda me pateó lejos y afuera de su cancha al lanzarse a la invasión de las Malvinas, aventura a la que asistí azorado a través de la televisión y los diarios y revistas italianas. Creo que nunca me sentí menos argentino y más italiano que el día en que le pregunté a un profesor del Nautico (un ex marino militar italiano) qué chances le daba a la Argentina en ese inminente conflicto y repuso:
–Ninguna. Los ingleses los van a aplastar.
Después de ver por tv los desvaríos masivos del pueblo argentino (y sus gobernantes) antes, durante y después de esa guerra sentí que yo sería un marciano en aquél remoto país al que no tenía mayores ganas de volver, mientras estuviera bajo los mierda. Volví porque me trajo de prepo el Nyon.
Un barco granelero encalló en Rosario o explotó un silo (ya no recuerdo) pero había una congestión de barcos esperando turno para cargar en Bahía Blanca. Fue mi record al ancla: la fondeamos en junio y la izamos para atracar en agosto.
Estuvimos casi tres meses parados (sin poder desembarcar) a veinte o treinta millas del puerto, en uno de los paisajes marinos más escuálidos que recuerdo: un agua opaca de color verdoso-marrón y allá lejos en el horizonte una delgada fibra de plana tierra firme bajo el cielo, que recuerdo siempre gris. Una lancha de Prefectura apareció al día siguiente trayendo correspondencia y papeles. Lo único que me recordaba haber vuelto a mi país era el canal 16 del VHF siempre sintonizado en el puente de mando y donde ahora oía hablar en argentino. La tv sólo captaba el Canal 7 (ahora se llamaba Argentina Televisora Color) que a esa distancia era blanco y negro granizado. Miré televisión con más fruición que en ningún otro puerto. Los mierda en retirada post humillación malvinense me grabaron a fuego en la mente un mensaje de propaganda que terminaba diciendo “…por tradición, por cultura, por historia…¡somos Latinoamérica!”. Y pensé: “estos hijos de puta hace apenas unos años te habrían matado por decir eso”.
La otra cosa que recuerdo de ese interminable fondeadero es Sandra Mihanovich: era una piba argentina hermosa y para mí desconocida que cantaba una canción que decía “queréme que tengo frío” y si en el invierno del ‘83 hubo un argentino dispuesto a quererla fui yo, anclado en aquél remoto arrabal bahiablanquense sin hembras a leguas a la redonda. Y donde con las semanas se fueron agotando el alcohol y los cigarrillos, primero de las etiquetas favoritas y después lo demás: al menos los muchachos de Prefectura que pasaban todos los días con su lancha hacían el favor de vendernos algunos cartones de Jockey Club o Particulares y si mal no recuerdo les pedí que me trajeran mis Parissien y algunas revistas. Ya no quedaban a bordo otras provisiones de comida más que papas, quesos, productos secos, congelados o enlatados y tuvimos que recibir refuerzos desde tierra firme.
Sólo se podía arrojar al mar la basura degradable y así en cubierta al pie del castillo y a babor de la bodega número siete acumulamos una montaña de plásticos y otros residuos.
Ya que el barco me había traído al país donde los mierda estaban en retirada y yo estaba podrido de estar al ancla, decidí desembarcar del Nyon y quedarme a pasar unas vacaciones en puntas de pie en mi país. Salvo Sandra Mihanovich, poco me atraía de esa tierra donde VHF, Prefectura, el práctico que nos llevó al puerto de Ingeniero White y los funcionarios de migraciones y aduanas tenían un perfume milico bastante nauseabundo para mi olfato, igual que en el aeropuerto de Bahía Blanca donde tomé un vuelo a Aeroparque: era una base militar y buena parte de los pasajeros eran oficiales navales.
Apenas atracamos y bajamos la escalerilla, desde la aleta de babor del puente de mando del Nyon ví a dos o tres cirujas subir a bordo a hurgar en la montaña de basura. Hasta que me fuí a los dieciocho años, yo no había visto nunca a un compatriota cirujeando plástico como en un puerto africano. Cuando bajé a tierra con mi bolso marinero y tomé un taxi al aeropuerto me sentí desembarcado en la Rusia soviética, porque Ingeniero White se parecía bastante a eso y todavía hoy mantiene bastante el tipo.
Creo que fueron las vacaciones más extrañas de mi vida. Lo que más me interesaba de la Argentina (Sandra) supe que era inalcanzable. La diáspora de mi generación era una mayonesa que no terminaba de ligar entre los que se habían quedado, los que acababan de volver y los que estaban todavía lejos. Mi mundo denso y rico de personas y de afectos estaba lleno de agujeros como una horma de queso francés pero esa sensación no era nueva en mí: ya la había sentido antes de irme a lo largo de 1974 cuando entre la muerte de Perón, los asesinatos de la Triple A y el pase a la clandestinidad de Montoneros sentí que se vaciaba mi ciudad y me quedaba solo.
En 1983 mi padre y mi hermana vivían desde hacía ocho años en Europa y de mi familia sanguínea sólo quedaban mi madre y mis primas, además del distante tío Guido.
La campaña electoral me hizo sentir más marciano todavía y para liberarme de la obligación de votar me fui a pasar unos días a Brasil. El peronismo me daba asco, Raúl Alfonsín estaba lejos de entusiasmarme y la izquierda me inspiraba insólitos sentimientos piadosos. A principios de los 80 para alguien que venía de conocer puertos europeos, norteamericanos y japoneses, la Argentina parecía desfasada. Los viejos amigos y conocidos que se habían quedado salían como de un túnel del tiempo: algo descerebrados, atontados, aturdidos por siete años de oscuridad mortal.
Volví de nuevo de vacaciones entre barco y barco en 1985 después cruzar Norteamérica en buses Greyhound y otra vez me sentí tan marciano que terminé cabalgando en solitario por la pampa unas semanas con mi caballo Gato y me fui de nuevo a navegar.
Lo que se dice volver, recién volví a fines de 1987. Y entonces sí, me quedé.


No sabía todo esto. Diego. Qué vida interesante. Y qué bien escrita. ¡Abrazo!
Gracias Hugo de nuevo, ¡abrazo!