20. ¿Es posible revalorizar nuestras ciudades y pueblos?

 In Blog, Guía Existencial Argentina, IV. Ciudades y pueblos

Claro que sí, y hay más de un ejemplo. Quizá el más sobresaliente sea Rosario que hace treinta años era una ciudad alicaída y golpeada por la desindustrialización, pero gracias a una buena y continuada administración socialista y al boom de la soja se transformó en una de las grandes ciudades argentinas más bonitas, humanas y vivibles, a pesar de la violencia del narcotráfico. Lo que hizo Rosario con su costanera es admirable: se recuperaron estupendas obras de ingeniería ferroviaria y portuaria que se integraron a un cordón de parques costaneros de lo más agradables. Y el puente a Victoria, además de sumarle un ícono más hermoso que el monumento a la Bandera, abrió un estupendo y vasto horizonte silvestre. En la misma provincia, también la capital Santa Fe está haciendo un notable progreso en emprolijamiento y ordenamiento urbano. Y Córdoba no va en zaga de su rival Rosario: es una ciudad mucho más vivible que hace veinte años, con el área peatonal más vasta de las ciudades argentinas y los edificios históricos mejor iluminados de noche, pari passu con Salta. Otro buen ejemplo es Ushuaia que a fines de siglo XX llegué a describir como la Villa Miseria Más Austral del Mundo: galpones industriales abandonados y barriadas precarias en la ladera, calles fangosas y absoluto caos edilicio. Es bastante admirable lo que hizo esta pequeña ciudad en la última década en materia vial y de ordenamiento urbano reparando las espantosas cicatrices que dejaron allí los militares: sigue siendo una ciudad con graves problemas (¡sin transporte público ni terminal de ómnibus!) pero luce bastante más prolija y ordenada que hace años. En pequeño, lo mismo pasó con uno de los pueblos más jóvenes del país, El Chaltén, en Santa Cruz: cuando conocí el lugar hace más de veinte años no había nada más que un par de rústicas hosterías-refugio. Cuando volví diez años más tarde era un espanto desangelado: el loteo de suburbio bonaerense trasladado a uno de los lugares más lindos del país. Hoy no digo que El Chaltén sea una belleza, pero tampoco es un oprobio. El pueblo paga por la miopía de quienes lo trazaron, sin molestarse en razonar que un frío y ventoso pueblito de montaña no necesita anchas avenidas para autos sino callejuelas reparadas con aleros y recovas. Gracias a estos pobres visionarios El Chaltén (¡fundado a fines de los 80!) carece de encanto pero está bastante más ordenado que entonces. En escala aún más pequeña, La Carolina en San Luis es otro ejemplo de cómo con poco esfuerzo se puede reinstaurar un clima en una calle de pueblo: aquí las pocas casas al principio eran todas de piedra a la vista, pero a lo largo del siglo XX los vecinos jugaron al “embellecimiento”: uno revocó la piedra, otro en vez de piedra usó ladrillo hueco y otro además le puso baldosas hasta que la tenue identidad del lugar estuvo a punto de perderse. No nutro simpatía por los hermanos Rodríguez Saá que gobernaron allí desde 1983 hasta 2023 pero no soy ciego y veo que es la única provincia argentina donde se ve preocupación e inversión en el espacio urbano público más allá de los accesos iluminados al neón. En la minúscula La Carolina, con buen asesoramiento arquitectónico, se recuperaron las fachadas de piedra y otras fueron revestidas, alguna con un resultado discutible, pero el conjunto es logrado. Lo mismo que el camino de piedra por El Durazno, que es de una calidad de equipamiento público inusitada en Argentina. No llegué a visitar todavía el Pueblo Rankel o Rankulche que anuncian varios letreros camineros en la provincia y está perdido en el sur provincial, pero por lo que ví en fotografías también parece un esfuerzo infrecuente en nuestro país.

Más cerca de Buenos Aires, hay algunos municipios que demuestran que más allá de las ideas políticas se puede administrar bien a una pequeña ciudad: Campana es un ejemplo que algunos pueden denostar atribuyéndolo a la influencia de una empresa como Techint, como si estuviera mal que una gran empresa haga todo lo que puede por ayudar al buen desarrollo urbano y social de su entorno. El ejemplo más chocante en el Gran Buenos Aires es Tigre, que gracias al intendente vecinal (y antes, durante la dictadura militar) Ricardo Ubieto impuso un minimum minimorum de eficacia y decencia en la gestión que contagió hasta a los peronistas que lo sucedieron. Basta pasar de Tigre a los partidos adyacentes para darse cuenta de que el dinero público se gasta de manera diferente, peor.

Casi todas las ciudades y pueblos argentinos comenzando por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires son ciegos al horrible efecto de los cableados de electricidad, teléfono y video aéreos. Pero hay por lo menos dos lugares en Argentina donde eso no sucede: el primero fue el balneario de Cariló, que dispuso todo el cablerío enterrado como debe ser. El segundo fue la ciudad de La Punta en San Luis, que como diría Borges es horrible de fea pero al menos no por causa del cablerío aéreo. Y Salta está próxima a ser la primera capital argentina que al menos en su casco histórico se libere del espanto de los tendidos aéreos.

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