Brexit, la mayor pelotudez de la historia británica

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En estos días se cumplen diez años del nefasto referéndum en el que 17.410.742 de dementes (51.89% de los votos) votaron a favor de que Reino Unido abandonara la Unión Europea en tanto que 16.141.241 de lúcidos (48,11%) votaron por permanecer. Esa votación fue la mayor tragedia democrática de la historia de una de las democracias más antiguas del mundo, después de la República de San Marino. Un insuperable ejemplo de cómo la imbecilidad humana puede triunfar inopinadamente sobre la inteligencia.

Voto en el referéndum Brexit pot edad y educación, por Octavio Espinosa Campodonico

A comenzar por cómo se gestó el desastre. Fue toda responsabilidad de un sólo individuo, el entonces primer ministro conservador James Cameron, quien convocó al referéndum porque estaba seguro de que el Brexit, al que él se oponía (junto a casi todo el arco político), sería derrotado. El único partido favorable a la cagada fue el ultraderechista xenófobo populista United Kingdom Independence Party (UKIP) liderado por el nefasto Nigel Farage, que tiene chances de ser primer ministro tras las elecciones generales dentro de tres años. Pero también lo apoyaba el rubicundo bufón conservador Boris Johnson, futuro primer ministro. Al día siguiente del referéndum, el imbécil Cameron dimitió.

En Wikipedia en inglés hay una extensa y detallada entrada sobre el Brexit, de la que tomé el cuadro que muestra que fueron los más ignorantes y los más viejos los que votaron a favor. En el mapa puede también verse que la lucidez se concentró en Londres, Escocia e Irlanda del Norte y la estupidez predominó en casi toda Inglaterra y Gales. También la mayoría de los blancos, los de menores recursos y los desocupados votaron a favor. Wikipedia detalla cómo prácticamente todas las personas educadas e informadas estaban contra el Brexit: economistas, historiadores, empresarios, financistas y banqueros, además de líderes de los países del Commonwealth.

Resultados del referéndum por regiones, de Nilfanion

Quizá lo más irritante del resultado fue que la aplastante mayoría de la juventud británica votó por ser parte de Europa pero una más aplastante mayoría de gerontes votó por irse: los que no iban a sufrir las consecuencias de la secesión le arruinaron la existencia a los que tenían toda la vida por delante. Significativamente, los políticos no británicos que apoyaron al Brexit fueron Donald Trump, Vladimir Putin y Marine Le Pen. Todo dicho.

A mí el Brexit me costó una discusión terminal con una amistad de toda la vida: una persona culta, viajada, acomodada y en parte británica (al punto de tener algún parentezco con Churchill) y a quien hasta ese día consideraba inteligente. Solos ambos en su quinta, con un gin & tonic, discutimos sobre el inminente referéndum hasta que me quedé sin argumentos: a pesar de que esa persona era un fiel lector de The Economist, le resbalaba que incluso esta revista estuviera decididamente en contra. Sus argumentos no eran más que la consabida retahíla de quejas nacionalpopulistas contra Bruselas y sus burócratas. Mi aprecio por él cayó bruscamente y al tiempo dejamos de vernos.

Que este ex amigo estaba errado y quien suscribe en lo cierto es que hoy se habla en Reino Unido más y más de “De-Brexit” ya que las entonces previsibles consecuencias de la cagada hoy son manifiestas. En prácticamente todos los indicadores económicos y sociales, Gran Bretaña está peor. La decadencia británica es patética: el ingreso por cápita cayó, el desempleo aumentó, la libra se devaluó, la economía inglesa hace agua y los servicios (salud, ferrocarriles, caminos, etc.) están cada vez peor. Y gracias a todo ello, pierden votos los laboristas y conservadores y los gana el nefasto Nigel Farage, a pesar de haber sido el gran promotor de la cagada. La imbecilidad humana se retroalimenta.

Hubo docenas de brillantes dibujos cómicos sobre el tema. A mi gusto el mejor fue el que ilustra esta nota, obra de Michael de Adder del Toronto Star.

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