1. Los amigos de la Argentina

 In Blog, Guía Existencial Argentina, V. Forasteros

Hay países que establecieron y sostienen a través del tiempo sólidas y hasta entrañables relaciones no sólo diplomáticas y económicas con otras naciones. A mí me asombra un poco la enorme dificultad de nuestra República Argentina para hacer lo mismo. A poco de independizarnos, tuvimos guerra con Brasil y divorcio con Uruguay. A mediados de siglo XIX logramos un prolongado bloqueo naval de las dos mayores potencias de la época, Francia e Inglaterra. Poco después nos enfrascamos en una guerra de agresión y genocidio contra el Paraguay, que fue parte del mismo Virreinato. Empezamos el siglo XX al borde de una guerra con Chile y gastamos una fortuna en equipar una flota y construirle un puerto militar. En la Primera Guerra Mundial mantuvimos una altiva neutralidad mientras prusianos, bávaros y austrohúngaros desataban una feroz matanza en guerras de agresión, comerciando con ambos bandos. Y durante la Segunda Guerra Mundial nuestra neutralidad filonazifascista llevó las relaciones con los Estados Unidos hasta el ridículo: Argentina declaró la guerra a la Alemania del Tercer Reich en marzo de 1945 y sólo por ser aliada del Japón o más bien, para lograr un asiento en las Naciones Unidas. Poco después, Juan Domingo Perón condujo a un mínimo histórico las relaciones con el Uruguay por su amparo y libertad de expresión para los exiliados antiperonistas. En los años 50 (cuando el presupuesto militar argentino era por lejos el más grande de América latina) nuestro Ejército elaboraba hipótesis de conflicto con todos los países vecinos, que nos miraban con recelo. En los 70, cuando volvió al poder, Perón tramó una relación especial con Italia que con la dictadura de los mierda quedó en nada, aunque también la afectó mucho el secuestro y asesinato del director de FIAT Argentina Oberdan Sallustro por el Ejército Revolucionario del Pueblo, en tiempos del general Lanusse. Y una cantidad de ciudadanos italianos tragados por la máquina del terrorismo estatal cuando incluso el Papa, el Presidente de Italia o los dueños de FIAT preguntaban por su suerte a los mierda. Las empresas italianas que se habían radicado en Argentina desplazaron sus inversiones al Brasil y en los 90, casi no participaron en las privatizaciones. Después de la caída del muro de Berlín, Italia se olvidó de la Argentina y miró hacia el este de Europa.

Dejando de lado la histórica disputa con el Reino Unido (algunos dicen sólo con Inglaterra) por las Malvinas y su guerra, con Francia logramos estropear una sólida relación basada en muchos vínculos económicos y culturales: en los 90 el capitalismo francés invirtió mucho en Argentina pero una década más tarde nos arrepentimos y ellos quedaron bastante disgustados, que ya lo estaban por el asesinato de las monjas francesas durante la dictadura de los mierda y nuestra lentitud para hacer justicia. Lo mismo nos pasó con la madre patria España y casi por las mismas razones: a los gallegos, los peronistas le ofrecieron una Argentina fácil y abierta de piernas a la penetración extranjera y diez años después la misma u otra Argentina peronista se les tornó frígida e impenetrable. Y que ellos vieran.

Con Estados Unidos y bajo dos presidencias peronistas, en diez años pasamos de las “relaciones carnales” y ser aliados de la OTAN a fastidiar al presidente George W. Bush –huésped de una cumbre en Mar del Plata– con una contra cumbre antinorteamericana en el mismo sitio y lugar. El caso de una valija diplomática abierta por la fuerza por nuestro canciller en Ezeiza no sumó puntos ni beneficios a la relación, ni tampoco las tratativas (y comercio) con Irán. De ahí al baboso ridículo de nuestro energúmeno actual.

Con Chile estuvimos otra vez al borde de una guerra a fines de los 70, cuando nos gobernaban los mierda. De resultas, varios pasos y tramos fronterizos fueron dinamitados o minados por los militares chilenos y no existen más. Todavía quedan campos minados en nuestra frontera del extremo sur. La integración entre ambos países sufrió un grave daño cuando no hace mucho (a causa de nuestra carestía por des-inversión aupada por tarifas subsidiadas) le cortamos sin preaviso el gas a Chile, que había apostado por abastecerse de gas argentino a través de tres gasoductos construidos al efecto. Después de eso, Chile optó por abastecerse en países más confiables.

Al país que tradicionalmente nos es más amigo y más nos admira –el Perú– durante el gobierno de Doctor Menem le hicimos un chiste de mal gusto: a pesar de ser garantes de paz en su conflicto fronterizo con Ecuador, le vendimos clandestinamente armas a su enemigo. Y como para hacernos amigotes de los ecuatorianos, les vendimos chatarra inútil. Para colmo, un general peruano en visita y compra de armas se nos estrelló en helicóptero en el campo militar de polo de Palermo y nunca se supo porqué.

Siempre con Doctor Menem, le hicimos una gauchada a los croatas en su guerra contra los serbios vendiéndoles secretamente armas con un guiño de los europeos y norteamericanos que no podían ayudarlos abiertamente. Después hubo que volar un arsenal y matar a inocentes vecinos, pero qué importa. La Argentina es así.

Peor nos comportamos con el hermano Uruguay por causa de las plantas de celulosa en el río Uruguay. Durante tres años el puente binacional más importante estuvo bloqueado por una pueblada y en ciertos períodos, los demás puentes también. Y hasta el presidente argentino fue a apoyar a los piqueteros. Así nuestra relación con los uruguayos quedó dañada mucho más de lo aparente. Y los exabruptos de dos presidentes uruguayos no son más que síntomas de una relación iatrogénica, a pesar del blablablá diplomático: basta ver un mapa oficial argentino del Río de la Plata para ver que estamos peleados con la R.O.U. Entre países amigos no hacen falta todas esas aclaraciones en los mapas.

Sólo con Brasil (y desde que ambas naciones tienen gobiernos democráticos, porque con los mierda estábamos al comienzo de una carrera nuclear por la bomba atómica) mantenemos una relación normal y cordial sin mayores conflictos que las periódicas represalias recíprocas por trabas al comercio en un sedicente mercado común. La verdad es que Brasil nos tiene una enorme paciencia y gracias al profesionalismo de su cancillería –Itamaraty– las disputas suelen encausarse. Del lado brasileño de la relación, el estupor es una sensación frecuente provocada siempre por la Argentina y su forma de hacer o no hacer las cosas. El capitalismo brasilero también está retirándose de nuestro país: la minera Vale, la petrolera Petrobrás. Pero de nuevo con nuestro energúmeno en jefe la relación volvió a tensarse.

Sin tener ningún asunto serio pendiente, nuestros gobiernos militares o civiles se las ingeniaron para provocar roces políticos y comerciales hasta con Colombia y con México.

¿De qué país limítrofe, vecino o lejano la Argentina es verdaderamente amiga? Creo que de ninguno. Pero me equivoco: la Argentina tuvo amistades intensas (aunque no muy duraderas) con la Italia fascista, la Alemania nazi y la Unión Soviética… siempre gracias a nuestros militares. Perón (militar también) quiso una relación estrecha con la Cuba castrista, que pronto quedó trunca. Y luego fuimos compinches de la Venezuela bolivariana y grandes amigotes del Ecuador correísta.
Tengo la impresión de que algo raro y malhadado hay en nuestra histórica relación con el resto del planeta: parece casi un tema de carta natal y de astral nacional ya sea por la horoscopía babilónica que la china. Ninguno de nuestros vecinos (salvo quizá Bolivia y Paraguay) tienen tantos embrollos pasados y presentes irresueltos con sus respectivos “Exteriores”.

En perspectiva histórica nuestra Argentina es una chiquilina pretensiosa, caprichosa y casquivana que anteayer flirteaba en Londres y ayer en Roma o Berlín, que dejó plantados a sus amantes en Washington y los fue a buscar a Moscú, que lo mismo se enamora hasta hoy en La Habana que en Miami, que tanto es amiga de Kuwait como de Irán, que baila la danza de los siete velos en Tel Aviv y trata a Brasilia y a Pekín como si Buenos Aires fuera el ombligo del mundo. Sonará antipatriótico y políticamente incorrecto, pero comprendo que los kelpers de Malvinas (por mil quinientos que sean) se defiendan como puedan de verse soberanizados por un país tan emocionalmente inestable como el nuestro. Un sindicalista gastronómico peronista cierta vez aseveró que para arreglar al país bastaba con dejar de robar durante tres años. Quien suscribe (para quien las irredentas Malvinas no figuran en sus Top Ten de preocupaciones nacionales) cree que para tener alguna chance de recuperar o co-participar a esas islas y sus sucursales en el Atlántico Sur, la Argentina debería mantener una misma y sola política exterior durante treinta años. Amistosa u hostil hacia los kelpers en el fondo no importa. Sólo importa que sea la misma: por las buenas o las malas con paciencia y astucia ganaremos.

Pero cambiando de estilo y discurso con cada presidencia, dificulto.

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