Cocina submarina

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Foto: U.S. Navy (Dominio público)

Debe haber sido por unos días de lluvia y frío de aquellos que no dan ganas de salir de casa ni alejarse demasiado del calor de la cocina, que me surgió la curiosidad de ver un poco en YouTube cómo hacen para cocinar en los submarinos. Mi experiencia de cocina en un espacio mínimo se reduce a aquellos meses, hace cuarenta años, que viví a bordo de mi velerito Misty con el cual hice mi travesía del Atlántico Sur. A bordo no tenía refrigeración y sólo un anafe a garrafa de gas con dos hornallas. Las provisiones, más allá de las verduras y frutas que no duraron más que una semana, eran latas, pastas, papas, arroz, huevos y los únicos dos pescados que capturé en el viaje, un atún y una dorada corífena. Pero me las ingenié para preparar desayuno, almuerzo y cena y hasta hice pan de cerveza en olla.

En YouTube hay varios videos de cocina en los monstruosos y diabólicos submarinos nucleares, que a diferencia de los submarinos convencionales pasan tres o más meses bajo el agua y no pueden salir a la superficie para recibir provisiones. De hecho, el límite de tiempo en inmersión no está dado por el combustible (¡que dura 20 años!) ni el oxígeno (que obtienen por electrólisis del agua marina) ni el agua (que es agua de mar desalinizada) sino la comida, que cargan para alimentar a un centenar de tripulantes y eso da para unos tres meses.

Gracias a uno de estos videos descubrí el porqué de aquello que me enseñaron otros cruceristas hace cuatro décadas: si los huevos son frescos y de granja, sin frío duran meses: en efecto, todos los días desayunamos huevos revueltos que duraron 50 días en el trópico (en la isla de Santa Helena no tenían huevos frescos sobrantes para vender). Uno sólo de aquellos huevos sudafricanos, ya casi llegando a Río de Janeiro, estaba feo. En YouTube aprendí que los huevos de gallina salen de éstas protegidos por una invisible película bactericida y duran meses sin refrigeración ninguna, incluso con calor. Son los huevos industriales lavados, que pierden esa protección natural, los que necesitan la huevera de los refrigeradores. Maravillas de la naturaleza y de la estupidez humana.

En los submarinos nucleares pueden cargar una decena de toneladas de carne congelada, otro tanto de comida enlatada, deshidratada y envasada al vacío. La fruta y la verdura fresca duran un par de semanas. Estas provisiones se guardan por doquier, incluso entre literas en los camarotes y entre los torpedos, lo que me recordó también cómo usé cada resquicio de mi velerito de 28 pies para guardar provisiones.

La cocina de los submarinos nucleares tiene la superficie de mi cocina doméstica: unos 11 metros cuadrados. Pero allí preparan tres comidas diarias para cien o más tripulantes: dado que éstos se alternan en las guardias, la cocina funciona las 24 horas. Todo se hace con dos hornos de convección, alguna hornalla eléctrica y una freidora, trabajando con 40° de temperatura. Un lujo comparado con las cocinas de los submarinos de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, según afirman, la comida submarina es la mejor de la marina militar estadounidense: la buena y variada alimentación es clave para el estado de ánimo y el desempeño de toda esa gente encerrada durante un trimestre en un tubo bajo el mar. Hay pan fresco cada día, galletas y galletitas frescas, pizza los sábados y los domingos, bife ancho. El menú, que incluye especialidades de varias cocinas desde la italiana a las asiáticas y mexicana, se repite cada mes. Es admirable ver cómo trabajan estos cocineros en esas condiciones, siguiendo con cierta libertad creativa el menú establecido por la marina. También es notable el conocimiento acumulado sobre cómo conservar cada alimento por más tiempo.

Lástima que todo eso sólo tenga como objetivo ocultar bajo el mar misiles balísticos cargados con ojivas atómicas que, si hubieran de utilizarse, sería para el holocausto global.

Imágenes: U.S. Navy (Dominio público)

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