5. El australiano rico y el argentino paquete

 In Blog, Guía Existencial Argentina, V. Forasteros

Apenas los conocí en el lobby del hotel Plaza respiré aliviado: durante cinco días iba a tener que guiar por Buenos Aires y alrededores a un matrimonio australiano y cuando las cosas duran tanto es esencial que sean simpáticos. El brief que me había pasado la agencia sólo decía que era uno de los hombres más ricos de Australia, que tenía un centro de deportes invernales y que su empresa constructora estaba construyendo el rascacielos más alto del mundo en Abu Dhabi. Pero ambos eran muy agradables: para comenzar, eran vénetos naturalizados australianos, sesentones tardíos o setentones tempranos y de trato discreto pero llano. En él se veía al self made man cordial y con los pies en la tierra, ella era de una belleza y elegancia sencilla pero encantadora. Hicimos buenas migas porque les gustaba el vino, al punto que tenían un pequeño viñedo y hacían su propio vino casero, así que un día les hice probar el mío. A ella le gustó pero él prefirió las otras botellas más serias que había llevado para ese almuerzo en una isla del Tigre. Uno de los cinco días que estuvimos juntos incluía una salida a un polo ranch al suroeste de Buenos Aires para almorzar y pasar el día. Fuimos con un remise y llegamos poco antes del almuerzo. Nos recibió el magro y alto dueño de casa (vestido de patrón gaucho elegante con foulard de seda al cuello, rastra, bombacha y botas de montar) que resultó ser el hijo de una persona amiga de mi padre. Con él recorrimos el lugar, que era un poco anacrónico: la casa de huéspedes era nueva pero muy chic y confortable, con un par de campos de polo al lado pero todo el resto de la propiedad era un mar de soja arrendado a pool de siembra. Percibí que mi pasajero no estaba encontrando lo que se esperaba, pero lo peor estaba por venir. A la hora de comer el asado el dueño de casa le dijo discretamente a nuestro impecable chofer de lujoso remise que ahí nomás saliendo del campo iba a encontrar un lugar donde comerse un choripán. El chofer se quedó en el auto esperándonos.

El almuerzo era en una gran mesa redonda dispuesta entre una añosa arboleda de eucaliptus próxima al camino de tierra de acceso y sin mucho encanto para australianos ahítos de esos árboles. Antes de sentarnos a la mesa sirvieron las empanadas y el vino de rigor (que no era el mejor de la góndola) mientras apreciábamos el oficio plutónico de los asadores, un trío de jóvenes en uniformes de peón dominguero. La mesa era atendida por un par de jóvenes muchachas ataviadas como camareras campestres del siglo XIX más cerca de Holanda que de la pampa. Otros huéspedes se sentaron con nosotros: recuerdo a una inglesa treinteañera que parecía haber ido allí a pasar unos días sólo para leer Far away and long ago. Ya al momento de sentarnos era claro que mi pasajero no estaba pasando un gran día pero lo disimulaba bien y ella, como si nada fuera. Sentado al lado de la dueña de casa, hice lo posible por contemporizar mientras comíamos un asado bueno pero no memorable y sentía crecer la incomodidad del empresario véneto australiano. Que cuando llegó la hora de los postres no aguantó más y me pidió que nos fuéramos.

Apenas subimos al remise y salimos de ahí se desahogó con franqueza, pero en un tono apacible. Él y ella me explicaron que lo que acababan de ver era algo inimaginable en Australia, ni siquiera entre los más elegantes y ricos del país.

–Esos uniformes, esas señoritas sirviendo un barbecue en la mesa.
–Son cosas de Inglaterra del siglo pasado, es una caricatura.
–Nosotros nos sentamos a comer el barbecue con todos, no existen los sirvientes. Los choferes también comen con nosotros.

Cuando traduje para nuestro gentil y discreto chauffeur de la remise, este dijo:

–A mi no me ofreció ni un choripán, me mandó a comer afuera.

Cuando traduje para mis pasajeros, ella dijo en italiano:

–È incredibile: è qualcosa che da noi non esiste più, non è mai esistito.

El resto del viaje de regreso fue una larga e interesante conversación sobre los porqués y las diferencias culturales entre Australia y la Argentina y en particular, sus clases altas. Algo yo sabía de eso porque estuve algunas veces en puertos australianos en los años 80, disfruté un espléndido viaje de prensa veinte años después y hace mucho tuve una novia australiana. Sabía por ejemplo que en el Opera House de Sidney un mochilero en sandalias puede sentarse en primeras filas de platea con damas y caballeros en atuendo elegante sin que nadie se sienta incómodo. Y que los australianos son capaces de reunirse entre viejos amigos y socializar aunque unos tengan autos de lujo y otros chatarra vieja. No los idealizo tampoco: las únicas dos veces que vi racismo en acto (fuera de Sudáfrica en tiempos del apartheid, donde también estuve) fue una vez en el extremo norte de Australia cuando un carguero donde yo era grumete fue a cargar bauxita a un terminal perdido en el norteño golfo de Carpentaria. A varios kilómetros de ahí estaba el único caserío, poco más que un gran bar dividido en dos partes: una para blancos y otra para aborígenes. Como no estaba prohibido, me fui a tomar cerveza con los aborígenes y entre el acento australiano y el habla aborigen entendí poco, pero bebí con nativos cordiales y pacíficos en su embriaguez.

La otra vez que percibí racismo australiano fue en San Ignacio (Misiones) de viaje con mi novia australiana. Nos encontramos con un grupo de jóvenes turistas aussies y terminamos cenando juntos. Durante la sobremesa ya con bastante cerveza encima escuché que uno de ellos le preguntaba a mi novia en lunfardo australiano, creyendo que yo no entendía:

–¿Y cómo es estar de novia con un diggo?

Diggo en Australia es un despectivo para los diggers o trabajadores de pala y zapa: los italianos. Yo lo descubrí pronto en mi primer puerto australiano cuando dije que me llamaba Diego y era italiano-argentino porque alguien tuvo la delicadeza de explicármelo en modo gentil. Pero esa noche en San Ignacio quedé pasmado y dudé si había entendido bien la pregunta en slang australiano: el rubio que preguntaba era joven e informal como cualquiera. Después escuché a mi novia contestarle sin indignación sino más bien simpáticamente algo así como que “nada, está todo bien, es buena gente”. En el momento callé, pagué y me levanté. Tuve que soportar una noche más de hotel con ella y las explicaciones del caso y aunque lloró y pidió perdón por haber sido tan ruda a la mañana siguiente la dejé en el aeropuerto de Posadas y nunca más volví a verla.

Algo de esto le conté a mis pasajeros australianos en el remise en el viaje de regreso a Buenos Aires y dijeron que hace veinte años era así pero ya no más. Y es cierto que Australia cambió mucho entre los 80 y el 2000. Está bien que no volví como marinero a los puertos sino como periodista invitado a los mejores hoteles, restaurantes y bodegas pero me quedó claro que desde el parque automotor hasta los modales, desde la vestimenta hasta el consumo de alcohol al volante, desde el uso de armas hasta la relación de los varones con las mujeres y los aborígenes, desde los diggo a Ferrari, Gucci, Ferragamo, Prada, Armani, Versace e compagnia bella, todo había cambiado mucho en Australia en las últimas dos décadas. La corrección política se impuso en modo abrumador, hasta sofocante a veces.

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