Yo no se

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No me gusta el fútbol, detesto los diversos circos nacionales y globales que lo rodean con todos sus fanáticos, payasos y delincuentes y que tuvo un clímax en esta última copa trumpeteada. Ni tampoco se nada de balompié, así que mi opinión carece de toda importancia. Es un desahogo de alivio personal.

Alivio que este íncubo deportivomercantil haya terminado, me tiene sin cuidado cómo. Hay muchas cosas ridículas que son normalizadas en nuestro mundo, como por ejemplo que la Real Academia admita la existencia de los vocablos “subcampeón” y su sinónimo “vicecampeón”, que no significan nada. Creo que Lacan decía que vivimos en un mundo donde la verdad siempre se dice a medias. Pero en el mundo del fútbol, mi impresión es que la verdad no se dice nunca. Como el fútbol me parece un deporte de mentira (que sólo así podía volverse tan popuglobal) todo lo que se habla y dice a propósito me resultan patrañas también. ¿Cuántos trillones de palabras escritas o habladas en todos los idiomas se blablablaron en fútbol durante el último mes? Perfecto para un globo sin guerras, hambre, tiranías y cambio climático.

Miré con interés más antropológico y sociológico que deportivo los partidos que jugó Argentina y algún otro. De Argentina, lo que más recuerdo son los defensores y mediocampistas pateando hacia atrás al arquero, quien después la devolvía al otro lado del campo. Deben ser muchos los minutos de los ocho partidos en que vi argentinos moviendo la pelota en dirección contraria al arco rival. Luego vi bastantes peatones, entre jugadores rivales que corrían. Por momentos, casi siempre cerca del silbato final, alguno de los peatones despertaba y se revelaba un ecuestre fugaz. Los vi jugar fútbol (no hacer episódicas jugadas de fútbol) sólo un rato con Inglaterra y porque los ingleses los invitaron a dar una clase. En la final hallé que lo único entretenido del lado argentino fueron las atajadas del arquero. Encontré más fútbol entre Inglaterra y Francia que entre España y Argentina.

Demasiadas veces, en demasiados partidos, vi jugadores argentinos destacar en el arte bifronte, extrafutbolístico, de taclear y fingir ser tacleados. Sobrados guapos en un algo que, con oxímoron, podría llamarse “estilo de juego”. Un capitán que apenas lo rozan cae derribado entre protestas de su equipo como si defendieran a un privilegiado. La guarangada espontánea y colectiva, como las docenas de miles de fanáticos argentinos silbando el himno inglés y los anglófilos o argentinofóbicos, devolviendo el gesto. La carpeta de tarjetas amarillas y rojas de la final. Jugadores que si pierden al fútbol pretenden ganar al pugilato, sin pudor ninguno, frente a la mirada de todo el planeta.

Pasadas la odas y églogas, vienen los días de agradecimiento nacional, obligatorio e infinito a un equipo que, en su último partido, se superó. Parece difícil jugar dos horas de una final de fútbol sin rematar ni una vez, pero quedarán en el Guinness. Millones de argentinos, un tercio o más de ellos pobres, agradecen a una docena de millonarios que se forraron ulteriormente con toda la publicidad a la que se prestaron y nos propinaron, al servicio del mejor postor. Estuvieron en la cancha, jugando o haciendo como si, un total de 780 minutos y la FIFA de Infantino los recompensó con 33 millones de dólares que ignoro cómo distribuirá, afanosamente para decirlo como Jorge Asís, la sucursal local del diabólico pulpo. Algunos pendencieros (que en un país normal, no deberían encontrar un esponsor publicitario más en la vida) a las trompadas por rabia de derrotado impotente, todos (incluido, ay, el “mejor jugador de todos los tiempos”) de espaldas al triunfante equipo español que los había honrado un momento antes. Semejante villanía, en un país de supuestos caballeros, debería quedar como una marca infamante. ¿Hay que agradecerles por brindar este estrepitoso ejemplo de espíritu antideportivo argentino frente al globo? En el rugby, ninguno volvería a jugar más en la vida.

Me indigna que los argentinos hayan gastado, en este mundial, entre viajes a Trumplandia, alojamiento y todo lo demás, más de quinientos millones de dólares. Para exhibir al mundo, como en Times Square con los argelinos y antes de la final, el bochornoso y desaforado fanatismo futbolístico nacional. Y toda esa gruesa de empresarios, jueces y políticos que acudieron como patitos en fila…

Tiene razón el Fifador Máximo cuando dice que “el fútbol une al mundo”: en la ramplonería y la idiotez de masas, con intelectualidad prosternada incluida.

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