6. Dos historias en el delta del Paraná

Un día de otoño a principios de los 90 acompañé como guía de una comitiva a la Infanta Elena de España por las islas del Tigre en un paseo oficial en un yate a motor de la Prefectura Naval donde estaba el prefecto mayor o como se llame el máximo jefe de esa fuerza. Era un gordito que a pesar del uniforme daba aspecto de próspero carnicero suburbano. En un momento de la navegación de un par de horas nos encontramos en la proa con la Infanta Elena, su infartante dama de compañía de apellido Las Heras, el prefecto mayor y yo. Fue uno de los momentos más surrealistas de mi vida: el prefecto mayor, queriendo hacer gala de no se qué, le contó un chiste verde a la Infanta Elena y la dama Las Heras, quienes sonrieron tan educadamente que el prefecto mayor fue por más y se largó con otro. Surcando el río Capitán un domingo desapacible ahí estaba yo escuchando cómo el anfitrión y comandante de la nave en la misma proa le narraba chistes de Jaimito a su huésped de honor la Infanta y su dama de compañía. Pero lo mejor vino después apenas la Infanta y la Infartante Las Heras se apartaron con una excusa y quedamos solos en la proa con el gordito mayor. Que dijo:
–Viste pibe cómo me la puse en el bolsillo a la Infanta.
En verdad, no supe qué decir ni qué cara poner: me gustaría poder ver filmada mi reacción y cómo se me desarmó o armó la cara mientras pensaba “este tipo es uno de los más grandes pelotudos que conocí en mi vida y cómo diablos hace un tipo así para llegar hasta acá, esto es menemismo al estado puro”.
Otra vez, bastante tiempo después, me tocó pasear por Buenos Aires y el delta del Tigre a dos ingenieros hidráulicos galeses acompañados de sus mujeres que iban de viaje hacia el valle del Chubut. Para el guía turístico argentino es fácil tratar bien con visitantes galeses, escoceses e irlandeses: basta hacernos cómplices de nuestro común rencor con los ingleses y que sepan que ellos acá siempre fueron bienvenidos. Las invasiones fueron inglesas, no británicas. En Malvinas están los ingleses, no los británicos.
Ambos ingenieros llevaban más de veinte años trabajando en la más grande empresa británica de construcción de puertos, defensas, diques y otras grandes obras hidráulicas. Habían trabajado en todas partes del mundo. El día del paseo en la lancha Cascotito por el Tigre tuvimos suerte: bajo un sol primaveral, el río Tigre estaba menos cloacal que de costumbre y había bastante agua para internarse por el Abra Vieja. En uno de esos plácidos momentos que suele tener toda navegación fluvial por el Delta escuché que uno de los ingenieros le comentaba al otro, en inglés:
–Qué pena que todo esto no va existir más dentro de un siglo.
Y el otro ingeniero galés concordó, resignadamente. Les pregunté porqué y me explicaron que desde hace décadas todas las grandes obras hidráulicas que se construyen en el mundo se calculan para un aumento del nivel del mar de al menos un centímetro por década. Lo que siguió fue un lindo ejemplo de guía turístico guiado por sus guiados: mientras volvíamos con el Cascotito por el Carapachay hacia Tigre me explicaron que todo el delta del Paraná dentro de medio siglo empezará a dejar de existir, asolado por inundaciones cada vez más severas. La ciudad de Tigre puede quizá salvarse si su valor inmobiliario justifica la construcción de largas y fuertes defensas costeras para sobrevivir a la holandesa, por debajo del nivel mar. Cuando les comenté que entre Tigre y donde vivo en el poco alto de las Barrancas del Cazador en Escobar había miles de hectáreas de bañados costeros en pleno desarrollo inmobiliario sonrieron ambos como diciéndome:
–¿En qué planeta viven acá?, ¿realmente no saben que todos los deltas, tierras bajas y costas anegadizas no van a existir más dentro de un siglo? Eso es algo sabido en todo el mundo.
Pero nadie habla de eso en el concierto de millones de inversiones inmobiliarias en los humedales ribereños al norte de Buenos Aires. Lo que es ciencia e ingeniería pública en el mundo está bien calladito entre nosotros. Se refulan bañados para lotearlos a decenas de miles de dólares el lotecito, con laguito y palmeritas, en barrio cercado que estará a nivel del mar o por debajo en 365 mil días sino antes: los nietos heredarán una pecera. Y gente supuestamente inteligente e informada compra y agota esos lotes custodiados con la napa de agua a dos o tres metros de profundidad, condenados a la humedad de los cimientos y la neblina invernal. Como decía Borges, “este país es muy raro”.
