Israel: ¿Qué salió mal?

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En estos días se celebra otro aniversario de la independencia de Israel en la que participó nuestro desquiciado energúmeno, condecorado por el presidente y destacado en primera página del The Jerusalem Post ya que fue el único mandatario extranjero que se hizo presente. La cantidad de dislates que profirió en sus discursos es asombrosa. Y encima lo doctoraron, horroris causa.

En The Guardian (21/4/26) leo un interesante artículo de Aaron Gell (What went wrong in Israel? A genocide scholar examines ‘what Zionism became’) sobre un libro que el historiador del Holocausto Omer Bartov, un israelí que vive y enseña desde hace 30 años en Estados Unidos, acaba de publicar en nueve idiomas salvo en hebreo y en Israel, que sería donde más necesitan sus reflexiones. En julio de 2025, Bartov publicó en el New York Times un ensayo titulado: “Soy un estudioso del genocidio. Lo reconozco cuando lo veo”.

Bartov, profesor de la Universidad de Brown, es hijo de padres que lucharon en la guerra de independencia. Él mismo estuvo cuatro años en la IDF en Cisjordania, Sinaí y Gaza y llegó a comandar una compañía de infantería. Doctorado en historia en Oxford, se dedicó a estudiar la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo, el nazismo y publicó diez libros sobre el Holocausto. Su hijo y sus nietos viven en Israel.

Su nuevo libro, “Israel: ¿Qué salió mal?”, escribe Gell, “ofrece un relato detallado de cómo Israel se transformó de una nación esperanzada que, en su documento fundacional, prometía «igualdad absoluta de derechos sociales y políticos para todos sus ciudadanos, independientemente de su religión, raza o sexo», en una nación empeñada en lo que él denomina sin rodeos «colonialismo de asentamiento y etnonacionalismo».

En su libro, Bartov denuncia que la memoria del Holocausto fue usada con fines políticos como “enorme hoja de parra” para aunar a “la autovictimización y la autocompasión con la hipocresía, la arrogancia y la euforia del poder”.

“Desde su perspectiva, el problema surgió tras la declaración de independencia de Israel en 1948. «Cuando el Estado decide que no va a ser un Estado normal, que no va a tener una constitución, que no va a definir sus fronteras, que no va a intentar mantener una relación normal con sus propios ciudadanos palestinos, que no va a intentar al menos hacer un gesto de compensación y reconciliación con el pueblo que expulsó, entonces su naturaleza cambia», afirmó.”

“El libro se centra en lo que Bartov considera el pecado original de la fundación de Israel: la resistencia a otorgar peso jurídico significativo a las grandilocuentes palabras de la declaración de independencia, junto con el posterior fracaso de los fundadores en adoptar una constitución nacional y una carta de derechos. Si el primer ministro israelí, David Ben-Gurion, hubiera impulsado cualquiera de estas dos opciones, argumenta Bartov, el naciente Estado bien podría haberse convertido en la democracia liberal que, aunque de forma engañosa, se ha autoproclamado durante mucho tiempo”.

“«Tras haberse proclamado como la solución definitiva al antisemitismo», escribe en ¿Qué salió mal?, «Israel se ha convertido en la mejor excusa para los antisemitas de todo el mundo; una nación cuya adicción a la violencia y la opresión, su dependencia de las grandes potencias y su poderío financiero, y su constante insistencia en los horrores del Holocausto como pretexto para la violencia desenfrenada contra los palestinos, están provocando que incluso algunos de sus antiguos partidarios se retraigan con incomodidad, horror y repugnancia».”

Ello me hace recordar al documental Tantura de Alon Schwarz (Israel, 2022), del que escribí en Diego Bigot giari. Sobre aquél próspero pueblo costero palestino, en 1948, cayó la llamada Brigada Alexandroni que asesinó a sangre fría a 280 de sus habitantes varones y deportó al resto. El documental también muestra y denuncia cómo el primer primer ministro Ben Gurion ordenó ocultar la matanza, lo cual perdura hasta hoy. Escribí: “Israel quiere construir su historia no sobre el reconocimiento de sus crímenes como lo hizo Alemania Democrática tras el nazismo sino falsificando y ocultando la verdad, además de perseguir a quienes quieren revelarla”.

Al igual que Gideon Levy, Bartov denuncia la ceguera moral colectiva israelí. En un artículo anterior en The Guardian (“As a former IDF soldier and historian of genocide, I was deeply disturbed by my recent visit to Israel”, 13/8/24) Bartov escribió que “Resulta insoportable la absoluta incapacidad de la sociedad israelí actual para sentir empatía por la población de Gaza. La mayoría, al parecer, ni siquiera quiere saber qué ocurre en Gaza, y este deseo se refleja en la cobertura televisiva. Los informativos de la televisión israelí suelen comenzar con reportajes sobre los funerales de soldados caídos en combate en Gaza, invariablemente descritos como héroes, seguidos de estimaciones sobre el número de combatientes de Hamás abatidos. Las referencias a las muertes de civiles palestinos son escasas y normalmente se presentan como propaganda enemiga o como motivo de presión internacional indeseada”.(…) “En 1982, cientos de miles de israelíes protestaron contra la masacre de la población palestina en los campos de refugiados de Sabra y Shatila, en el oeste de Beirut, perpetrada por milicias cristianas maronitas con la complicidad de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Hoy en día, este tipo de respuesta es inconcebible. Resulta profundamente inquietante la indiferencia con la que se habla del sufrimiento de los civiles palestinos y de la muerte de miles de niños, mujeres y ancianos”.

Pero hace 40 años todavía existía un Israel laborista, hoy no queda más que esa triste Bibilandia de derecha y ultraderecha. Al igual que Yuval Noah Harari, Omer Bartov cree que la única salida del infierno actual es un Estado binacional judeopalestino. Pero los Harari y los Bartov, como los Gideon Levy, se han vuelto una rareza entre los bibilandeses, donde los israelíes parecen minoría.

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