La Guaira

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La Guaira

La catástrofe sísmica que tocó en particular a La Guaira me trajo bastantes recuerdos. En los años en que navegué en cargueros de la compañía Suisse-Atlantique, La Guaira fue el puerto donde más tiempo estuve con un barco: cuarenta y nueve días. Fue una suerte, porque vimos por televisión buena parte del mundial de fútbol del ‘86 incluida la final: recuerdo haber gritado desaforadamente los dos goles de Maradona. No había otro argentino a bordo. En aquellos años, si hubiéramos estado en navegación en alta mar, sólo existía la radio en onda corta para seguir esos asuntos de tierra.

La razón por la que el M/S Diavolezza se quedó tanto tiempo en La Guaira fue el cargamento que llevábamos: hierro viejo troceado, locomotoras y calderas picadas en trozos irregulares del tamaño de una sandía o más grandes que habíamos cargado en Rotterdamm, Países Bajos. Materia prima para pequeños hornos de acero. Para descargar esas decenas de miles de toneladas, llevábamos en cubierta dos enormes electroimanes de unas cinco toneladas, que se conectaban a dos de las cuatro grúas. La operación de los electroimanes para descargar en camiones era asunto nuestro y lo hacíamos entre el oficial de cubierta de guardia, el contramaestre y los marineros más expertos.

Cuando la bodega, al principio, estaba llena de chatarra era fácil: se llevaba al electroimán colgado de la grúa hasta la carga, se lo encendía con un pulsante y una buena cantidad de chatarra troceada quedaba adherida, como si pesara algodón: se levantaba el electroimán con cuidado, porque siempre quedaban trozos de chatarra colgando y tratábamos que cayeran sobre la misma chatarra y no sobre la cubierta: un trozo desprendido desde cinco o seis metros de altura dejaba una fea muesca en el acero. Por estribor, llevábamos al electroimán hasta un camión, acercábamos todo lo posible a la caja y apagábamos el electroimán: la gravedad afectaba de inmediato a la chatarra. Era entretenido. Naturalmente, por la banda de estribor no circulaba nadie.

Pero con los días se fue complicando. Cualquier otra carga a granel tiene un grado de declivio natural, que sean granos o minerales: al descargar del centro, desde los cuatro lados va cayendo más. No la chatarra, que queda con un pozo sin chatarra y murallas verticales alrededor. Hubo que volverse cancheros en darle, con un par de toques de la pluma de la grúa, un movimiento pendular al colgante electroimán de cinco toneladas y encenderlo justo cuando, oblicuo, golpeaba contra la muralla de chatarra. Era muy entretenido aunque más lento. Pero no fue sólo por eso que nos quedamos 49 días en La Guaira. Venezuela hizo el resto: el puerto trabajaba sólo durante el día y de lunes a viernes. A veces no había camiones donde descargar.

Esa despaciosidad me trajo fortunas: la primera fue que tuve que ir al dentista y resultó ser una joven encantadora morocha llamada Yadira de quien me enamoré al instante. Por suerte tuvo que volver a atenderme poco después y le llevé de regalo una bolsa de manzanas: hablando de si las manzanas eran buenas para los dientes, dijo que en Venezuela no había, o eran carísimas. En el Diavolezza debíamos tener cientos de kilos. Comenzamos a salir (la primera vez a un restaurante en Catia La Mar), fui con ella a conocer Caracas y luego, con un auto alquilado, fuimos a la espléndida playa de Cata donde familiares míos refugiados de la dictadura, Silvia y Chani, que vivían en Maracay, tenían un departamento en el único edificio frente al mar. Ellos también vinieron a bordo a conocer el barco con sus hijos Flor y Gabriel, venezolanos. Junto al contramaestre nos tomamos tres o cuatro días y con un auto alquilado fuimos hasta los Andes a Mérida, con la idea de que allí nos encontraríamos con Yadira y una amiga suya lo que no ocurrió: en esa época no existían los celulares. Mientras volvíamos de Mérida a través de una sinuosa carretera en la selva, como hacía un calor espeso y el auto no tenía aire acondicionado o no queríamos usarlo, íbamos contramaestre y yo a torso desnudo. En una barrera de control policial o militar nos enteramos que en Venezuela no era permitido manejar sin camisa o camiseta. Uniformados untuosos, sospechosos de dos marinos extranjeros que desde La Guaira venían por allí, nos tuvieron un buen rato y al final nos dejaron ir, con la camisa puesta.

De La Guaira tengo pocos recuerdos fuera del departamentito de Yadira, donde probé mis primeras arepas hechas en casa. En Google Maps me cuesta reconocer al puerto, que parece tan pequeño y recordaba más grande. Había una larga caminata en bajada por una ancha calle hasta el acceso. Lo que recuerdo es que el agua mineral costaba más que la gasolina, que prácticamente todo lo que se veía en los negocios era importado salvo la cerveza, el ron y la cocacola. En Caracas había shopping malls que en Argentina aterrizaron diez años más tarde, formidables librerías, mucho marquerío de lujo, yates rodantes como en Estados Unidos, barriadas pobres camino a La Guaira y una gente que Silvia y Chani, que llevaban allí más de diez años, describían con eje en el ron los varones y las mujeres no recuerdo qué. Sí que descubrí que la mayor parte del sistema judicial estaba en manos de mujeres. Quedé con la impresión de un país deformado por el petróleo, próspero y opulento a la “americana” en algunas cosas pero esponjoso, gomoso, fofamente tropical en la sustancia. Mi imagen de Venezuela y de sus políticos y sociedad quedó tal que, cuando Hugo Chávez llegó al poder, mi primera reacción fue pensar “se lo tienen merecido”.

Lo que veo y escucho de esta La Guaira (que parece un suburbio chiíta meridional de Beirut tras una campaña israelí de tratamiento antihezbolá) no me recuerda nada de aquella donde estuve amarrado 49 días durante el Mundial ‘86. Supongo que esta desastrosa tragedia debería implicar la licuefacción y/o evaporación del vocablo “bolivariano”, que demostró carecer de toda solidez, de cualquier tipo.

Fotografía: Maxwell Briceno

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