2. Precios diferenciales para lugareños, argentinos y extranjeros

 In Blog, Guía Existencial Argentina, V. Forasteros

Una de las cosas más desagradables de la Argentina turística es la difundida costumbre de cobrar entradas diferenciales a los parques y reservas nacionales y provinciales: hay precio para provincianos, para argentinos y para extranjeros. Si no estoy errado esta pésima costumbre se instaló por primera vez en la década del 90 en el Área Natural Protegida de Península Valdés, en Chubut. Con la devaluación del peso en 2002 las tarifas diferenciales fueron adoptadas en casi todas las áreas naturales donde se paga entrada: la excusa de la devaluación era perfecta pero como bien se ve hoy no era más que una buena excusa para la avivada. Hoy la Argentina ya no es un destino turístico barato para los extranjeros y se les sigue cobrando más que a los nacionales, y a estos más que a los provinciales. Hay un profundo desarreglo mental y cultural en quien cobra distinto precio por el mismo producto o servicio según la proveniencia del cliente: habla feo del país y de su gente. Algunas veces discutí el tema con funcionarios que defienden esta política y la excusa más frecuente es falsa: sostienen que en otras partes del mundo se hace lo mismo y que yo sepa, sólo se hace en Ecuador. Es muy antipático (y creo en el fondo tampoco es legal) que a cada viajero que llega desde cientos o miles de kilómetros se le pregunte de dónde viene o se le pidan documentos para aplicarle la tarifa que le corresponde. Si la Administración de Parques Nacionales y las provincias dan el mal ejemplo, ¿cómo extrañarse que otros servicios turísticos, del hotel al transporte, tengan precios diferenciales para gringos y nativos? El colmo de esta desfachatez argentina existió durante unos años tras la devaluación en algunas rutas de peaje donde se cobraba distinto según la chapa del vehículo: los chilenos y los brasileros pagaban tarifa completa, mientras que a los nacionales se les “bonificaba” una parte. Después hay quienes se maravillan de que a los argentinos no nos tengan mucha simpatía.

Una vergüenza es el Cementerio de Recoleta, donde se cobra una entrada cara a los visitantes (cara incluso para estándares europeos) y el lugar está en patéticas condiciones, con docenas de mausoleos abandonados, rotos, con las puertas abiertas y ataúdes a la vista.

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