3. Locos lindos del Exterior

En nuestro país dividido drásticamente entre el Exterior y el Interior (donde la ciudad de Buenos Aires vendría a ser la Interfase, el “ni afuera ni adentro”) es curioso ver cómo y cuántos locos del Exterior se afincan en el Interior y hacen locuras. Hay muchos ejemplos (y ya desde hace bastante tiempo) de estos adorables chiflados de ultramar que a mi gusto son como el papel de tornasol que revela el lado más atractivo de nuestra tierra: esa que puede enamorar bien más allá de los meros escrúpulos crematísticos del explotador imperialista. Quizá el más reciente y llamativo sea el James Turrell Museum de finca Colomé, del que digo en otro capítulo más adelante. Pero otro ejemplo no menos llamativo y que lleva décadas creciendo es el Museo Polifacético Rocsen de Nono, creado por el francés José Santiago Bouchon (coleccionista desde niño) que llegó a la Argentina en 1950 con ocho mil kilos de equipaje, se instaló en Traslasierra y veinte años después abrió las puertas de un museo de todo lo que existe que no cesa de crecer desde entonces. Estuve tres veces en el lugar: la primera y la segunda vez, Bouchon no estaba y me atendieron gentilmente sus hijas. La tercera vez había tantos autos y visitantes que ni osé entrar. Pero me maravillé con esa fachada de aire neoclásico que había visto al principio con los nichos vacíos ahora llenos con las estatuas de los 49 hombres sabios admirados por el creador del insólito museo. Nunca conocí personalmente a Bouchon así que no sé si es simpático o antipático, pero a juzgar por su obra es uno de los más lindos “locos lindos” que cayeron en la órbita de nuestro periférico y desaforado país. Y hubo y hay muchos otros del mismo cuño, que sería largo enumerar. Y aunque son argentinos (pero pasaron una gran tajada de vida en Japón) también son de esa estirpe Guillermo y Patricia Bierregard, que trajeron desarmada desde el otro lado del mundo una formidable casona campesina japonesa, la armaron en Boulogne y la llenaron con una estupenda colección de artesanías japonesas y la llamaron Minka, la Casa del Japón. Creo que nadie ama tanto a la Argentina como estos “chapitas” de ultramar que pusieron todos sus sueños o delirios en esta tierra.

