Una palabra sísmica

Días pasados, viendo noticias sobre los terremotos en Venezuela, escuché que un lugareño decía a propósito de construcciones que se desplomaron (no en La Guaira) que eso sucedió porque no contaban con “la permisología correspondiente”
El neologismo me impactó, porque creo que en su significante contiene, en una sola palabra, la clave de desastre.
En esos días escuché o leí más de una vez que un sismo de similar magnitud en Chile o en México (por no decir Japón) no habría provocado tal desastre o incluso, no habría pasado nada. Es que en esos países existe una normativa o reglamentación antisísmica, no una “permisología”.
La diferencia entre normativa y “permisología” es profunda. La normativa o reglamentación requiere de un normador o reglamentador una sola vez, al establecerla: luego se trata de un asunto de inspectores o controladores. En cambio la alternativa venezolana requiere de un “permisólogo” quien, es de imaginar, estudia caso por caso la situación y, si resulta satisfecho dinerariamente, extiende la “permisologización”.
Una vez “permisologizado”, el constructor puede ir adelante con su edificación haciendo todo aquello que se encontró en construcciones desplomadas en Venezuela: hormigón quebradizo o arenoso, insuficiente acero en el hormigón, casas sin cimientos, altos edificios con grandes espacios comerciales en planta baja y subsuelos, etcétera.
En esos impresionantes panqueques de cemento y carne humana putrefacta está a la vista el resultado de un país antisísmicamente fofo, destrozado por décadas de dictadura narcomilitar que de socialista sólo tiene el nombre. Le pedí al arquitecto Ignacio Azpiazu su opinión y su conclusión fue: “pueden haber fallado un montón de cositas, pero en definitiva el sistema (de reglamentación y control) falló”. Lo que funcionó muy bien, como es evidente, fue la “permisología”.
Un anónimo ciudadano resumió en un vocablo inexistente la clave de la tragedia venezolana.



