Luciérnagas en el paraíso

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Hace un rato salí a refrescarme en la pileta: es uno de mis grandes placeres de las noches de verano, meterme solo y desnudo a bracear un poco, hacer algo de gimnasia acuática. Pero me detuvo la belleza del cielo sin una nube: la luna decreciente tras los árboles, Orión, Sirio y Canopus brillando por encima de la contaminación lumínica de los barrios privados, enseguida uno de los demasiados satélites que se ven en el siglo veintiuno surcando la bóveda. Cuando era chico, con mi padre nos sentábamos afuera, en la terraza al bañado, de noche, a mirar las estrellas y la gran sorpresa, además de las fugaces, eran los todavía pocos y excepcionales satélites.

Me inundo de serenidad semiflotando en el agua tibia, respirando el aire apenas caluroso y transparente cuando las veo: las luciérnagas están de a docenas titilando a baja altura sobre el pasto recién cortado. Todavía no las había visto este verano y en alguno anterior temí que se estuvieran extinguiendo como tantos otros insectos que antes aquí había y ya no hay, lo que explica la extinción de los insectívoros sapos que los había por todas partes, hasta en mi patio lavadero.

Esta noche, la belleza de la vida en la Tierra está puesta aquí, en torno a mi pileta en la barranca. Todos esos insectos hembra titilando en reclamo de un oscuro macho para copular y reproducirse. El ingenio de la vida aquí, explícito, perfumando de destellos biológicos la oscuridad estrellada, satelizada.

No quiero pensar en nada humano. Pero me sorprendo cuando una hora más tarde salgo de nuevo a lo mismo y las luciérnagas desaparecieron, no queda ni una. ¿Vuelan en enjambres y se desplazan de un lugar a otro? ¿O llega un momento de la noche que se hartan de titilar y van a dormir?

En torno a casa tengo un horizonte celeste despejado sólo hacia el este. Al sur, oeste y norte hay altos árboles hasta media altura de la bóveda o más. La casa y la pileta miran al este, desde lo alto de la suave barranca. A las once de la noche, en verano, Sirio y Canopus brillan (descomunales, para los que viven en el hemisferio norte) dominando todo el panorama nocturno. Conocí a esas dos potencias del cielo nocturno terrestre austral cuando era chico, hace más de sesenta años. Luego leí sobre ellas y cuando navegaba tomé con ellas muchas veces posiciones en alta mar con el sextante, desde la (magnífica, a los efectos de colimar un astro con el horizonte) altura del puente de mando de un carguero. Cuando vivía en el otro hemisferio (que me fascinaba con sus novedades celestes) añoraba volver a verlas, como a la Cruz del Sur. En un carguero rumbo al sur es un placer terraglobista ver cada noche cómo las constelaciones boreales decaen y ascienden las australes con sus nombres ya no de seres mitológicos sino de instrumentos y naves.

Paraíso

A raíz de un posteo mío sobre las playas del verano austral, hace unas semanas, sentado en el mismo lugar donde de niño me sentaba con mi padre de noche a mirar las estrellas y buscar satélites pero a media tarde y pleno sol, el arquitecto Ignacio Azpiazu (que publicó estos trabajos sobre las obras de mi viejo, uno dedicado a esta casa) mirando la pileta unos metros más abajo y la espesura verde que rodea al parque por sus tres lados, dijo:

-Claro, acá estás en el paraíso. Paraíso en el sentido originario de la palabra. Viene del antiguo persa y griego, significa “jardín cerrado, amurallado”.

Si alguna vez lo supe lo había olvidado, pero creo que no lo sabía y otra vez más en la vida, una simple palabra me abrió un dimensión implícita en ella, etimológica. Fue “Jardín Cerrado” miles de años antes que a unos judíos enloquecidos o iluminados se les ocurriera usar el vocablo para describir un ámbito celestial angelical que el original no contiene. Como tampoco le corresponde la idea de “paraíso terrenal”: no refiere a un simple jardín amurallado sino a la divina bóveda puesta en Tierra.

(Hasta 2007, cuando entraron las máquinas a destruir el bañado del arroyo Escobar y construir allí los cuatro barrios de El Cantón y, años después, la ciudad Puertos, mi jardín no era estrictamente paraíso porque siempre estuvo abierto a ese trazo de esteros y lagunas hasta el horizonte del río Luján, a una legua. Cuando el sol poniente lo iluminaba y una yegua madrina con su campana conducía a los caballos a la querencia era poesía en acto. Como las ranas y grillos, las garzas y teros, bandadas en migración, las vacas llorando toda la noche del día que se llevaron a sus terneros. Por ahí andaba yo con mi caballo Gato hace décadas. Lo suprimieron todo, para construir sus anónimas casitas cubiculares a seis pasos del vecino. Y yo dejé crecer los árboles al pie de la barranca, un bosque que oculta el estropicio y atenúa ruido automotor y luz nocturna.)

Varios días después de la primera observación descripta al principio, volví a bañarme a las once de la noche con Orión (Rigel, Betelgueuze, las tres Marías, las Híades) casi poniéndose sobre los altos eucaliptus de mi vecino al norte. Sirio y Canopus dominando todo el escenario con una potencia lumínica que miles de millones de humanos que vivieron y viven en el hemisferio norte no saben. Y asfixiada por el resplandor del Gran Buenos Aires y un velo de nubes, recostada cabeza al este, la Cruz del Sur apenas arriba de los árboles. Me baño, desnudo, y en la piel y la cabeza me cosquillea la vana idea de estar en el paraíso.

Buscando ilustrar estos párrafos descubro, con cierta sorpresa, que para los buscadores de internet “paraíso” es una playa tropical con palmeras, incluso con edificios altos en primera fila frente al mar. Nuestra cultura llama “paraíso” a esos infiernos calurosos de excesivo sol donde se llega en avión, y como todo está monetizado nada puede hacerse sin dinero.

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