22. ¿Es posible arruinar nuestras ciudades y pueblos?

 In Blog, Guía Existencial Argentina, IV. Ciudades y pueblos

Véase la loma Stella Maris de Mar del Plata, o el centro de Bariloche, o el corazón de Ushuaia: en distintas escalas, reproducen lo que la oligarquía porteña hizo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX con su rincón más exclusivo, la plaza Carlos Pellegrini en la ciudad de Buenos Aires. La oligarquía porteña doble o triplemente apellidada demostró su espesor cultural y humano al hacer guita la mansión de los padres o abuelos: sea para que sobreviva como embajada, club privado, oficinas del estado o anexo de hotel de lujo, sea para demolerla y construirle encima un edificio de departamentos. La porteña es una burguesía mercantil y rentista con grandes pretensiones pero históricamente limitada en sus recursos culturales y políticos: no supo conciliar sus propios intereses con los del resto del país a lo largo del siglo XIX y por querer imponerse al resto, estropeó la mayor parte de aquella centuria en guerras civiles. Y a lo largo del siglo XX tampoco supo digerir bien la llegada de las masas de inmigrantes y por querer imponerle una identidad única a un país multicultural, arruinó la mayor parte del siglo con dictaduras militares. Hasta la década de 1990 el intendente de Buenos Aires era elegido (a la francesa) a dedo por el presidente de la República entre vecinos de pro de las grandes familias cuyos nombres están listados en una placa de bronce adosada al ex Palacio de Gobierno citadino, frente a Plaza de Mayo. Casi todos ellos fueron distinguidos hijos de la ciudad, con poder y las mejores conexiones o influencias para evitar la destrucción del patrimonio urbano más no sea en el capítulo “mansiones de los abuelos” pero no hicieron nada, ni siquiera una ley de protección edilicia. A pesar de que llevaban en la sangre la historia de la tierra desde el potrero infinito y la aldea de adobe, las casonas del barrio Sur y las quintas de Barracas hasta los hôtel afrancesados de Retiro, Recoleta y Palermo. Y a pesar de que les dolía en el alma la transformación social y humana de la ciudad y el país, la ciudad que gobernaron casi todo el siglo XX no hizo mayor esfuerzo por conservar lo que construyeron las generaciones anteriores de sus propias familias: el espacio sobraba y nada impedía que los edificios en altura fueran a construirse más allá de plaza Pellegrini o loma Stella Maris, dejando en pie y valorizando las lujosas casonas familiares. Para hacerlo sólo hacía falta nutrir un poco de amor y respeto por lo que hicieron los antepasados, haber absorbido una pizca de la cultura europea que imitaban, tener un poco de lungimiranza y fe en el país y en el futuro y sobre todo despreciar el afán de lucro que tanto deploraban en los pobres y hambrientos inmigrantes del sur y el este de Europa. Pero no: dos veces, dos sucesivas generaciones de oligarcas porteños destruyeron el legado arquitectónico de sus antepasados y así lograron borrar sus huellas en los conventillos de San Telmo y en las embajadas de Palermo Chico o Barrio Parque y Belgrano. Así lo que aterra de esta clase social porteña es su profunda frivolidad y total falta de sentido urbanístico histórico: si nada impide que las quintas se transformen en Barracas, que la casa de tres patios se torne conventillo, que la casona anglonormanda de veraneo desaparezca bajo un rascacielos, que la residencia en la ciudad se vuelva una propiedad horizontal… ¿qué puede impedir todo lo demás que pasó en mi ciudad y nuestro país? La élite porteña secundó los golpes de 1930, 1955, 1966 y 1976 y siempre ligera de cascos adoró los años 90, que dieron una vuelta de rosca al negocio inmobiliario en los barrios elegantes con hoteles de lujo, shoppings y Puerto Madero. A fines del primer cuarto de siglo XXI ya no se sabe muy bien qué es una élite, pero los barrios ricachones votan con entusiasmo a la guarangada del energúmeno. Si no importa que la deliciosa plaza Pellegrini de 1930 vea desaparecer todas sus mansiones menos las actuales embajadas de Francia y Brasil y el Jockey Club y que en su lugar se levantaran edificios de renta, es que no importa nada y todo es posible: renunciar a los pesos y usar dólares, mudarse a Punta del Este o Miami ya que no más París, votar a Menem o a Milei, trasoñar un protectorado nazi o británico, lamer botas de generales de apellido italiano, casar a la hija con un industrial del mismo origen, chupar cirios hasta adorar a San Escrivá de Balaguer, tener hijos o sobrinos guerrilleros o rockeros, recibir turistas en el casco de la estancia o poner un polo ranch y alquilar o vender el resto a los principales consorcios terratenientes sojeros argentinos dirigidos por judíos.

Pero hay un ejemplo quizá más significativo que plaza Pellegrini: la plaza de Mayo. Que el corazón institucional de la República sea un espacio público bastante anodino se debe a la llamativa cortedad de miras y falta de sentido histórico de la élite porteña, ya que la ciudad nunca fue arrasada por invasores extranjeros: los que hicieron tabula rasa fueron sus hijos dilectos. No había ningún motivo para destruir el fuerte español, que no era una maravilla pero era el mayor testimonio arquitectónico de la presencia hispánica en la tierra junto a la Recova, que también fue demolida. Uno podría pensar que se los hizo desaparecer porque eran símbolos del pasado colonial pero no es así, porque el Cabildo que si bien era colonial también era el edificio simbólico de la Revolución de Mayo fue asimismo mutilado hasta lo irreconocible y no desapareció de milagro o mejor dicho desapareció y fue íntegramente reconstruido salvo en los muros. Todavía más inaudito fue lo que sucedió con la vieja Aduana, que era el primer edificio importante del país independiente y de una notable solidez, evocadora de los coliseos de la Antigua Roma. Construida en la barranca ribereña sobre las ruinas del fuerte este oneroso palacio circular que sería una de las grandes atracciones turísticas de la ciudad fue construido a mediados de siglo XIX y a fines del mismo siglo no existía más, porque había que construir Puerto Madero. Y lo mismo puede decirse del primer teatro Colón, que no era nada comparado con el actual pero tampoco nada de qué avergonzarse y fue abatido para construir el Banco de la Nación.

Es que la élite porteña a pesar de su riqueza e importancia carece de la dimensión cultural necesaria para situarse históricamente en su propia ciudad y país. No entendió el bien que le hubiera hecho al país tener la capital en otra parte y fue tan pusilánime que redujo a La Plata a la servidumbre de una ciudad satélite. No supo filtrar las modas y así fue a los bandazos de generación en generación de la casa colonial a la mansión afrancesada al departamento neoyorquino o parisino al chalet californiano a la restauración neocolonial a la casa de barrio residencial o privado copiada de las revistas norteamericanas. No le dio el piné para resistir la tentación de la especulación inmobiliaria y edilicia. En una ciudad y en un país donde si algo sobra es el espacio y donde si algo falta es la noción arquitectónica del pasado, entregaron lo que había a la picota para volver a construir en el mismo lote, sólo por su valor inmobiliario bien superior a todo valor histórico, cultural o afectivo: vale más la tierra que lo que hay construido encima, sea lo que sea. Una aristocracia habría encontrado la forma de conservar testimonios edilicios que apalancaran su preeminencia en el pasado, pero una oligarquía sólo precisaba recursos para apalancar su presente y al diablo con el pasado y el futuro. Sin un partido que la representara más que el de las botas militares, la oligarquía porteña se replegó en sus confortables ghettos y dejó el país librado a los recién llegados y masas populares de los “cabecitas negras”. No fue un modelo.

Así Mar del Plata, con todo el terreno libre que había alrededor, construyó los edificios de propiedad horizontal justo encima de las formidables mansiones, de las que se salvaron unas pocas. Lo mismo pasó en el barrio de Belgrano: en ambos casos, si los oligarcas hubieran sabido conservar el patrimonio arquitectónico de su propia clase social, tanto en Buenos Aires como en Mar del Plata habría barrios no sólo únicos en el hemisferio Sur por su calidad y encanto, sino que el valor inmobiliario sería seguramente superior gracias a un oportuno bloqueo edilicio.

En Bariloche, durante la dictadura militar del general Onganía se construyó la dinamitable mole del Bariloche Center que fue la “piedra libre” que abrió el juego a la prostitución edilicia de la ciudad: ni la modesta arquitectura tradicional de los pioneros ni la ambiciosa propuesta europeizante del Centro Cívico, la Catedral y los edificios de Parques Nacionales tuvieron la menor consecuencia o influencia, más bien al contrario y el resultado está a la vista: ningún turista extranjero de cierto vuelo se aloja en el centro de Bariloche, cedido a los estudiantes y jubilados. Y después está el drama de la avenida Bustillo que no se comprende bien cómo no puede mejorarse o aliviarse (más allá de la muy necesaria circunvalación, que ya se hizo para evitar que el tránsito de y a El Bolsón pase por el centro de la ciudad) con un tranvía costero y una buena bicisenda.

A Ushuaia los militares con sus delirios geopolíticos la hicieron pomada. La pequeña aldea que había allí hasta los años 70 no era una maravilla, pero tenía su carácter y se integraba muy bien a uno de los lugares más lindos de Argentina. Había que ser un bruto y estúpido militar insensible a las más elementales nociones de humanidad y cultura para poner en un pie de igualdad en los planes de industrialización fueguina a la esteparia Río Grande y la montañosa Ushuaia. Las bestias uniformadas no sólo le construyeron una cárcel y depósitos de combustible sino que la llenaron de galpones y fomentaron una inmigración indiscriminada e improvisada. La administración democrática provincial en los últimos años hizo mucho por disimular estas cicatrices.
Las oligarquías cordobesa y tucumana imitaron a la porteña y en su escala hicieron lo propio con sus ciudades: en Córdoba desaparecieron la mayor parte de las mansiones y ya casi sólo perdura su culminación, el Palacio Ferreira; en San Miguel siguieron al pie la letra el modelo porteño y demolieron el hermoso Cabildo colonial para construir una Casa de Gobierno afrancesada y arrasaron con el modesto edificio fundacional de la Argentina: la Casa Histórica de Tucumán no fue demolida por un invasor extranjero que quería borrar las huellas de la identidad nacional, sino por un hijo pródigo de la ciudad a la sazón presidente de la República, llamado Julio Argentino Roca. Así los edificios basales de la historia argentina, el del 25 de Mayo en Buenos Aires y el 9 de Julio en Tucumán, son en lo sustancial copias truchas fruto de un tardío arrepentimiento. Veo algo francamente criminal en esto y me parece el preludio y la justificación de la inestabilidad institucional, financiera, política y en definitiva cultural de nuestra Argentina, fundada por élites capaces de destruir a sus edificios más emblemáticos. Es como decir, en el lenguaje fuertemente inercial de los ladrillos: acá todo se puede toquetear, manosear y demoler, no hay nada sagrado en esta tierra. Ni siquiera los dos edificios fundacionales de la Patria están a salvo de una fiebre colectiva o un loquito con poder. Ese fue el mensaje para las futuras generaciones de argentinos.

Gracias también a ser más provinciana y remota, la oligarquía salteña fue la única en Argentina que impuso ciertos modales y restricciones a la modernidad. Y el resultado está a la vista: de todas las capitales de provincias argentinas, es la única que atrae un flujo considerable de turismo extranjero gracias a su encanto arquitectónico y atmósfera urbana. Y es la única que se propone seriamente enterrar en el casco histórico todo el cablerío aéreo que ofende al sentido común y toda noción de belleza.

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