Marciano

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De toda la vida tengo cierta inclinación, latente o manifiesta, a sentirme marciano en la Tierra. Un poco como ser zurdo a la hora de comer en países árabes. Me acomodo a la definición dle.rae.es: “que resulta anómalo por su rareza o por su extravagancia”. Pero aclaro súbito que me fascina tener la suerte de vivir en este planeta y que me encantan una gruesa de los terrícolas y las cosas que hacen. Pero también hay otra gruesa de terrícolas a los que no entiendo o detesto.

Más allá de los episodios de la vida cotidiana, que tomo con humor o con esas delicias terrenales que son el whisky con hielo, el pisco sour o el Campari soda, como buen marciano paso algunas horas del día investigando qué hacen los terrícolas en su mundo. Gracias a esa maravilla que es internet, leo diarios de varios países en varios idiomas, ya casi en cualquiera gracias a la traducción instantánea.

También trato de leer diarios del país donde nací y habito, pero se me torna difícil. De un diario argentino en papel, lo que me interesa se reduce a dos o tres páginas. En pantalla, es scrolling a través de deportes, moda, negocios, eventos sociales para mí insignificantes y chismes sobre humanos ininteresantes, comida y gastronomía casi siempre sin sentido, automóviles y cantidad de superficialidades además de publicidad. Lo que me interesa (-ría) es la política, donde hay algunos analistas que se merecerían, como todos los argentinos, política y políticos mejores. Analizar a éstos es caer forzosamente en el cotilleo me dijo no me dijo también te digo la otra, el chusmerío en disputas de poder o figuración casi siempre personales o venales, discusiones donde hay más mentiras o groserías que ideas o ideales. Como no se jugar al truco, no bebo mate y no estimo que del 11 de junio al 19 de julio próximos ocurrirá nada más importante que un certamen de balompié (sí encuentro escandalosa la cifra que embolsarán sus organizadores, gracias a millones de terrícolas obedientes) me siento cómodamente marciano en Argentina. Un país bastante acogedor para nosotros, los del Planeta Rojo. Quizá porque lo preside un energúmeno completamente desquiciado a quien muy atinadamente un gran diario romano definió L’Alienigena, porque marciano no es alguien que detesta el vino y las papas fritas. En todo caso prefiero Argentina mucho más que Rusia, China, Israel y Palestina, Irán, Arabia Saudita y la mayor parte de los países árabes. Incluso Estados Unidos se volvió últimamente bastante raro y complicado para los marcianos, Philip Dick se sonreiría.

Me acentúa el marcianismo constatar que lo que nos caracteriza a los marcianos, es decir la marcianada (algo “raro, extravagante o disparatado”) se tornó pandémico en los terrícolas.

Veo marcianadas por todos lados y puedo asegurarles que sus protagonistas no son de los nuestros: son de los vuestros, bien humanos. No fastidaré trayendo a colación ejemplos, entre esos países antes mencionados tienen de sobra.

Pero hay algo que me reconforta mucho en los últimos lustros. Me deleita ver cómo el ingenio humano logró que los rovers Curiosity y Perseverance amarticen y exploren nuestro hermoso planeta, sin descubrirnos nunca. Me conmueve ver nuestro suelo rojo, nuestro cielo naranja.

Es una pena que el viejo Ray ya no esté entre nosotros para explicarle a quienes comandan a los rovers cómo deben hacer para que nosotros nos tornemos visibles y audibles, palpables. Así, seguirán buscando vida largo rato.

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