29. Mar del Plata

Salvo una vez de niño con mis padres, nunca fui a veranear a Mar del Plata. Alguna vez me tocó ir por trabajo en temporada pero así como llegué me fui sin quedarme un minuto más. Playa Bristol o playa Grande un día soleado de enero para mí son una pesadilla. Sin embargo me gusta mucho Mar del Plata, sobre todo en invierno y con sudestada: me encanta con sus ramblas y playas desiertas, con esas ráfagas que azotan y las calles vacías. Creo que hay pocos lugares más sugestivos en mi país para encerrarme a leer y a escribir que un departamentito frente al mar: es nuestra única gran ciudad frente al mar abierto y esa línea de corte abrupto entre el horizonte urbano y el océano a mí me resulta muy sugestiva.
Me pasa algo muy raro cada vez que llego en auto a Mar del Plata: cuando encaro la curva de punta Iglesia y aparece la postal marplatense frente a mis ojos siento una extraña mezcla de epifanía y dejà vu que instantáneamente me llena de felicidad. Es algo extraño que no me pasa en ningún otro lugar de mi país o del mundo. No sé a qué atribuirlo: quizá es una imagen que me quedó grabada de aquella única vez que fuimos a principios de los 60 en el Peugeot 403 a vacacionar a Mar del Plata. Pego la curva de punta Iglesia y se me abre el alma: siento que al fin llegué, volví, estoy donde siempre quise estar.

