28. Comodoro Rivadavia

No puedo decir que Comodoro Rivadavia me encante, pero tiene cosas que me gustan y a mi juicio hacen de ella una de las ciudades argentinas más originales. Más allá del mar que la provee de buen pescado fresco, me gusta su trazado urbano: por una vez, ¡al diablo con la trama cuadriculada en damero! Comodoro es la menos argentina de nuestras grandes ciudades con sus barrios desparramados por aquí y por allá entre los cerros arenosos. Luego su absoluto desenfado arquitectónico sin ninguna pretensión de belleza ni elegancia le confiere el encanto de la espontaneidad: hacia el norte de la ciudad hay panoramas urbanos irreales donde se cruzan en el aire media docena de líneas de alta tensión, con torres y cigüeñas de petróleo y generadores eólicos. Pero lo que más me agrada es su talante democrático: gracias a los sueldos del petróleo, en Comodoro se ven cosas que no se ven en otras partes de Argentina: en uno de los restaurantes más caros de la ciudad puede verse cenando a una pareja joven donde él tiene todo el aspecto de playero de estación de servicio, incluida la gorra de béisbol que no se saca para comer. Y en otra mesa al lado, empresarios con todo el aire de quienes ganan fortunas.

