10. Donald Hess y el James Turrel Museum

Pasé por finca Colomé unos años antes que Donald Hess (1936-2023), atraído por la fama estrictamente local de los vinos que hacía el terrateniente salteño Raúl Dávalos en una remota y pequeña bodega de adobe. Cuando llegué por una rústica huella de pedregullo que en buena parte recorría el cauce del río sólo estaba allí el encargado de la bodega, lugareño de aspecto bien aindiado. El hombre accedió a mostrarme la bodeguita con sus piletas de cemento donde se hacían esos vinos que según me habían dicho eran los mejores de Salta. La cosa me resultó francamente inverosímil por lo patera y artesanal: podría describírsela como una bodega ISO 0001. Lo más tecnológico que había allí era una prensa de canasto y torniquete mecánico. El encargado me explicó cómo hacían el vino y lo que más me impactó fue el sistema que empleaba para colmar la merma de las piletas a medida que embotellaban, a mano: para evitar que el vino tuviera contacto con el aire iba llenando la pileta con grandes cantos rodados del río pero según dijo, no cualquier piedra porque había algunas que no servían ya que le daban mal sabor al vino. Lo que probé a pie de cuba y luego en Salta cuando logré dar con una botella de Dávalos no me gustó: no soy un Master of Wine como Jancis Robinson a quien Donald Hess llevó hasta el valle de Molinos para que probara ese vino al que describió con una frase que Hess hizo suya, “era un diamante en bruto sin tallar”. A mí me pareció un vino intomable y tampoco me impresionaron mucho los antiguos viñedos de gruesos troncos y llenos de yuyos. La verdad es que yo, si hubiera tenido la fortuna del señor Hess jamás habría porfiado durante algunos años por comprarle esas cuarenta mil hectáreas al señor Dávalos. El lugar me pareció sugestivo pero no como para perder la cabeza. Digo todo esto para situar en la dimensión que corresponde a la intervención de Donald Hess en finca Colomé: no sólo había que tener los medios sino además la visión y para mí es claro que el magnate suizo era un visionario.
En 2003 cuando volví a finca Colomé sólo tenía vagas referencias de Donald Hess y lo que estaba haciendo allí. Entonces las telecomunicaciones con esta finca salteña no existían y así caí sin previo aviso: en la provisoria primera bodega (un galpón de chapa) me recibió el enólogo que elaboraba los vinos de Hess en su bodega californiana. Cuando le expliqué lo que estaba haciendo (la primera guía de vinos de Sudamérica) no perdió más tiempo conmigo y me derivó al dueño de casa, que estaba allí con su mujer Úrsula ultimando los detalles de una pequeña y lujosa hostería a punto de inaugurarse. La persona de Hess me agradó desde el apretón de manos, que para un multimillonario setentón era notablemente vigorosa y jovial. Y me sorprendió que sin ningún arreglo previo ni ser yo un periodista famoso, estuviera dispuesto a pasearme en su todoterreno durante más de dos horas explicándome todo personalmente, con una apasionamiento que me cautivó: más allá de su aspecto de escritor de novelas africanas, en sus ojos azules llenos de vida y las palabras en que traducía sus visiones me dio la impresión de ser décadas más joven. Me mostró el viñedo y habló de su filosofía biodinámica:
–Quiero un viñedo que no sea tan lindo pero sin química, todo hecho a mano. Todo es un círculo y debe quedar en un círculo –dijo Hess, claro como el agua.
Me llevó hasta la represa que acababa de construir para generar electricidad y la capilla y el centro comunitario que hizo para los lugareños, quiso mostrarme la vieja bodega pero le dije que ya la conocía y no quiso mostrarme la bodega provisoria, me guió por la flamante hostería a punto de ser inaugurada y pasó un buen rato conmigo en la sala mostrándome libros con sus colecciones de arte moderno y hablándome del museo que planeaba construir allí para sus artistas favoritos: entonces o yo entendí mal, o bien me habló de que sería un museo para sus cuatro artistas favoritos. Cuando puse cara de asombro frente a la idea de hacer un museo en un lugar tan perdido dijo:
–No me importa cuánta gente venga al museo. Lo construyo aquí porque a ninguno de ellos le gusta la ciudad, todos viven en lugares apartados.
También me habló de su idea sobre los viñedos de altura y me dio las indicaciones para que al día siguiente fuera a conocer su viñedo de finca El Arenal más arriba de Payogasta y su viñedito experimental todavía más alto, que según él rivalizaban con el viñedo más alto del mundo que está en Nepal a 2.700 metros de altura, “pero no da vino”. Al anochecer salí de Colomé de vuelta rumbo a Molinos tocado por la intensidad del personaje que acababa de conocer, capaz de hablar con el mismo entusiasmo de hidráulica, biodinámica, vinos, arte moderno, cuestiones sociales y hasta personales como su decisión de dejar sus empresas en manos de sus gerentes ya que a su hija no le interesaba (tiempo después sí) y dedicarse sólo a lo que más le gustaba, que era viajar la mitad del año por el mundo visitando artistas y comprando sus trabajos y el resto del año, Colomé. No volví a encontrarme con Hess pero a través de los años intercambiamos algunos correos electrónicos. En la tercera edición de Viñas, Bodegas & Vinos de América del Sur (2006) tomé por bueno lo que alguien en Cafayate me había dicho y sin verificarlo escribí que Hess llegaba desde Salta a Colomé en helicóptero lo cual resultaba natural en un multimillonario pero innatural en uno como Hess: su mujer Úrsula vino a la presentación de la guía en Buenos Aires y cuando leyó eso me dijo:
–A Donald no le va a gustar nada.
En efecto a los pocos días me llegó un correo electrónico de Hess explicándome con gentil firmeza que lo que yo había escrito era falso, que él iba siempre manejando personalmente su vehículo y que no dudaba que lo asistía el derecho al respecto. Le contesté tan candorosamente como pude explicándole que había sido una ingenuidad de mi parte, porque no veía nada malo en que llegara de Salta a Colomé en helicóptero: cuando lo conocí y me contó las dificultades que tuvo al principio para llegar hasta Colomé por causa del río crecido me parece que dijo que estaba dispuesto a llegar hasta allí como fuera, incluso en helicóptero. Hess entonces estaba furioso con lo que había publicado a su propósito en esos días el decano mayor de los periodistas y escritores de vinos argentinos. Le aseguré que salvaría el error en la siguiente edición y así lo hice. El último correo que intercambiamos fue hace unos meses, cuando me sorprendió su gentileza al contestar al mensaje escrito de felicitaciones que le dejé en Colomé después de haber visto el James Turrel Museum.
No sé cuán rico era Hess en la escala planetaria Forbes ni me interesa, pero creo que fue el hombre más acaudalado que conocí en mi vida. Lo que sé es que en nuestro país hay personas de enorme fortuna algunas de ellas también capaces de devolver a la sociedad parte de su riqueza en forma de museos u hospitales y otras obras pero ninguna que yo sepa de forma tan excéntrica y personal como Hess. Que un día a mediados de los 90 descubrió ese valle salteño, se enamoró del lugar, del rústico viñedo y su vino y de los lugareños y porfió hasta que el señor Dávalos le vendió la finca y construyó un buen camino y llevó teléfono, luz eléctrica y trabajo para los lugareños (que antes se iban, y desde hace años vuelven) y puso enólogos a tallar “el diamante en bruto” de sus vinos de altura tintos y blancos y ahí también porfió algunos años hasta lograr vinos como los Colomé y además compró otra bodega en Cafayate para hacer sus más asequibles Amalaya y como patrón difícil y exigente que es, cambió desde enólogos en la bodega e ingenieros agrónomos en la viña hasta cocineros en la hostería y lograr lo que quería: ni un papelito o colilla tirados por ahí. Y hasta aquí puede decirse que es la historia de un hombre afortunado y quizá encaprichado con la idea de elaborar los vinos más altos y puros del mundo, no para regalarlos sino para venderlos. Su emprendimiento es un negocio.
Pero el James Turrell Museum es otra cosa. Construirlo debe haber costado una cifra escalofriante pero la visita es gratuita y basta verlo para comprender que no es parte de una racional “unidad de negocio” con la vecina bodega de vinos caros y carísima hostería. A mi modo de ver, Hess soñaba con tener en su casa las obras lumínicas del más favorito de sus cuatro artistas favoritos y por eso lo edificó en Colomé: para embriagarse de mágicos efectos luminosos en uno de los lugares de mejor luz natural del globo. Quiso colgar su colección favorita en las paredes y así tuvo que levantar un edificio de 1.700 metros cuadrados que sólo sirve para eso y nada más. En medio de los Andes, a algún centenar de kilómetros del asfalto y a algunas horas de viaje desde el aeropuerto más próximo… ¡no en helicóptero!
Según afirma Hess, no le costó mucho persuadir a James Turrell de que el lugar en el mundo para su museo de instalaciones luminosas era Colomé, en una hermosa parte del culo del planeta Tierra. Pero transportar del papel de planos a la realidad esas nueve instalaciones que Turrell creó desde 1967 hasta 2003 no debía ser fácil en Los Ángeles o Nueva York, imaginarse en Colomé. Sin embargo ahí está este lugar único donde, con poco más que mampostería y luz natural y/o artificial, Turrel transforma a los fotones y las longitudes del espectro visible en una materia o (lo que después de Einstein es lo mismo) en una energía que llega hasta la médula del humano que las contempla como una droga purísima y benéfica: un porro o un saque de luz que nos coloca en un plano de experiencia que si no es superior, es tan distinto a lo habitual que bien puede serlo. Basta quitarse los zapatos y entrar a Spread para acceder a una experiencia mística-religiosa basada sólo en un vapor de luz violácea dentro de un cine-teatro abierto al vacío e infinito. Y llegar al patio interno final donde cada atardecer sucede la obra de arte del crepúsculo intervenida por Turrell que resume nuestra existencia en luz y sombras pasajeras donde el resto es silencio… o el palabrerío idiota de otros visitantes que no entienden nada de lo que hay alrededor.
El único defecto del James Turrel Museum son los comentarios en voz alta de sus visitantes… en un lugar para enmudecer.


Que placer leer sobre su encuentro con ese visionario. No sabía que lo había conocido y me da mucho gusto como lo retrata. Es como si los estuviera viendo. Gracias Diego por sus escritos. Le mando un gran abrazo. Aunque le moleste que se lo diga, admiro su honestidad intelectual y como la expresa en palabras.
Muchas gracias Valentín por el mensaje. No me molesta al contrario me reconforta!