La masturbación, “esa vieja amiga”

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El entrecomillado del título, la más brillante definición que conozco, es de Marcelo Birmajer.

Resulta que tenemos un gerontegochapita en la Casa Blanca, un drácula en el Kremlin, un chinhelado en el Gran Salón del Pueblo y un norgordinflón atómico en el Complejo Número Uno “La Ciudad Prohibida” así que mejor hablar de cosas serias de las que me parece no se trata mucho, como la paja.

Crátera ática. Sátiro masturbándose. Foto de Luis García, commons.wikimedia

Como practicante desde hace bastante más que medio siglo, rememoro y reflexiono un poco sobre el tema. Nunca nadie me dijo que estuviera mal pajearse. De forma consciente, me vino natural hacia los doce. Recuerdo una revista con fotos que debían ser muy castas de Rachel Welch con las que me masturbé desaforadamente, como otras veces con revistas que aparecían por casa ( L’Espresso traía siempre alguna) con foto de mujer muy erótica para mi púber paladar. En casas de ambos mis padres divorciados, hallé guardadas pero no escondidas Playboy y alguna otra por el estilo, con las que me debo haber pajeado no poco. También me pajeaba con la televisión en blanco y negro sobre su carro en mi dormitorio para ver desde la cama bajo las sábanas a las coristas de Tropicana Club. Pero hasta quizá mis veintitantos, si estaba solo y caliente en una cama, con una almohada adecuada, podía masturbarme y gozar mentalmente, imaginándome a tal o cual mujer, a ojos cerrados.

Ocasionalmente volvió a ocurrirme a lo largo de la vida tras conocer féminas que me impactaron. Nunca olvidaré aquella bellísima morocha cuarentona canadiense que estaba, en septiembre de 1993, junto a su marido y otro medio centenar plurinacional de pasajeros a bordo de un crucero chileno de una semana por los canales fueguinos. Se llamaban Burnett y ambos eran encantadores: salieron apenas segundos en su disfraz unisex de “pingüinos turísticos de la Patagonia” en la fiesta final del crucero. Cada noche, a la hora del obligatorio baile que culminaba con Achy Breaky Heart de Billy Ray Cirus, me resultaba la hembra más atractiva que jamás había visto, la elegancia sexy encarnada. Desde la primera noche le hice el amor mentalmente en mi camarote y almohada al ritmo de But don’t tell my heart, my achy breaky heart. Con los días comenzamos a hablar y una noche whisky en mano algo le comenté a su marido mientras ella bailaba y repuso “She is my secret weapon”. Creo que no dije nada más que brindar por eso porque me resultó alarmante la idea de que aquella mujer tan deseable pudiera ser un arma secreta. La amé cada noche hasta el fondo final de los tristísimos desolados grises lluviosos canales fueguinos pero en el mundo real no pasó nada más que bailar con ella un par de veces un poco de Achy Breaky Heart, tras bastante pisco sour. Detesto bailar pero la señora Burnett me hizo sentir el gusto de eso, alguna vez en la vida ocurre.

Esa vieja amiga” viene de suyo con la otra “vieja amiga”, la pornografía, de la que también escribiré algo alguna vez. Viví y disfruté el medio siglo de oro pornográfico global, así que…pero no ahora. De la Enciclopedia Treccani traduzco: “En el pasado la m. fue considerada, desde el punto de vista médico y religioso, como fuente de enfermedades físicas y psíquicas (insania ex masturbatione) y en ella se vio sólo el pecado (vicio solitario)”. Pero lo más valioso es un sinónimo clave, ipsazione. El vocablo no tiene equivalente castellano sino en ipseidad, que del.rae.es define como mismidad, lo cual tiene tres acepciones: condición de ser uno mismo, aquello por lo cual se es uno mismo, identidad personal. La ipseitas en sentido itálico es explicada mejor por el castellano como mismidad.

En el mundo real casi todos los varones y casi todas las mujeres desde bebés hasta ancianos se masturban salvo que interfiera alguna religión en ello. Es muy raro que no exista ninguna religión que aprecie algo tan natural y bueno como la mismidad o ipsación, que a lo sumo toleran. Entre los antiguos sumerios, egipcios, etruscos, griegos y latinos era algo normal, con algunos críticos entre esos escribas griegos y latinos que siempre tenían algo para retorizar al revés. Luego el judeocristianismo acabó con aquello de derrochar lujuriosamente gotas divinas y peor aún, la mujer excitarse sola. Por fin, a lo largo del siglo XX la ciencia médica borró toda idea propia anterior de que fuera nociva y adoptó lo contrario, reconociendo sus beneficios médicos y psicológicos.

En estas mismas décadas, gracias a nuestro mucho más atento mirar a otros animalitos que habitan nuestro planeta, se descubrió que cetáceos, bonobos y sobre todo orangutanes además de muchas otras criaturas la practican con bastante fruición, por no hablar de los consabidos perros. En Wikipedia una antropóloga sostiene que “la masturbación tiene un fin evolutivo en los primates desde hace decenas de millones de años” ya que refresca y mejora la calidad de la esperma.

No estoy seguro porque sólo leo algunos diarios pero me parece que de algo tan inmanente, general y saludable o benéfico se dice poco, en medios tan infestados de saludabilidad beneficiosa. Fuera quizá de las revistas femeninas de papel en la antesala de los consultorios que no leo desde hace una década, desplazadas por mi celular con cosas más interesantes para mí. No miro revistas femeninas online ni me da para una búsqueda, porque de antemano…

Quizá mejor así, porque la mismidad merece quedar dentro de uno mismo, bien punto aparte del mundo y esos susodichos mentecatos en las salas de los botones…que ojalá se pajearan más o si lo hacen, mejor.

En Wikipedia, Historia de la masturbación, hay un extenso listado de todos los males que sucesivos doctos ignorantes le achacaron a lo largo del tiempo, bueno para reír un rato. ¡insania ex masturbatione! ¡La de todos ellos!

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