9. La historia uruguaya al rojo vivo

En 1996 se publicó la Guía Pirelli del Uruguay, de mi autoría: para hacerla recorrí hasta el último pueblo del “paisito” y me apasioné leyendo historia uruguaya tan fogosamente disputada entre colorados, blancos e izquierdistas. Tras la publicación, el presidente de Pirelli Argentina ingeniero Franco Livini le envió un ejemplar al presidente del Uruguay, doctor Julio María Sanguinetti. Al poco tiempo llegó una carta autógrafa de Sanguinetti agradeciendo el envío y destacando la calidad del trabajo “pero…”. Y seguían más de veinte puntos, todos ellos relacionados con la historia del Uruguay, en los que el propio presidente de la República manifestaba su disconformidad o enojo por lo que yo había escrito en la guía.
–Diego, ¿qué hiciste? –me preguntó el ingeniero Livini. Le expliqué que no había seguido la “historia oficial” uruguaya que es la historia según el Partido Colorado (del cual Sanguinetti es miembro preeminente) sino que había incorporado también los puntos de vista de los historiadores blancos y de izquierda. En algunos puntos las críticas de Sanguinetti eran ridículas, como cuando decía que no se podía designar como “cuernos de Batlle” a un conocido monumento de la capital (que todos los montevideanos llaman así) porque era ofender a la señora esposa del señor Batlle. La carta de Sanguinetti llegó a Pirelli a través de la embajada del Uruguay, junto a un mensaje verbal del embajador (que creo que era blanco) manifestando que no compartía la actitud del presidente. La reacción de “patrón de estancia” del presidente uruguayo fastidió un poco al genovés presidente de Pirelli pero para asegurarse acerca del temario antes de responderle me encargó que viajara a Montevideo y buscara un respetado historiador uruguayo “neutral” para que hiciera una lectura de los temas observados por Sanguinetti y diera su opinión.
La respuesta que tuvimos de este respetado historiador fue muy curiosa, porque en lo sustancial rebatía todas y cada una de las observaciones y críticas de Sanguinetti atribuyéndolas a una visión “colorada” de la historia uruguaya. Pero llamativamente su informe no estaba firmado: era anónimo.
Me sorprendió mucho que en un país democrático como el Uruguay la historia del siglo XIX fuera un tema tan candente como para que un respetado historiador y profesor universitario se abstuviera de firmar sus opiniones.
No sé qué hizo después el ingeniero Livini con el asunto, pero gracias a la fogosa intervención del presidente Sanguinetti mi visión del Uruguay se achicó bastante. Que un presidente en ejercicio se molestara porque a propósito del colorado Venancio Flores (1803-1868) yo reprodujera la a mi juicio acertada definición del historiador (blanco) Carlos Real de Azúa como “el mayor traidor” de la historia uruguaya me demostraba que Sanguinetti no era tan sólo el político culto, locuaz y de muy buena pluma que contrastaba en un todo con nuestro entonces presidente Carlos Menem (a quien le importaba muy poco lo que pudiera escribirse sobre él, la Argentina o los caudillos riojanos). Bajo sus modales impecables y su civismo, la república uruguaya es terriblemente provinciana en algunas cosas y si bien ya no se baten más a duelo de sable o trabuco por esas cuestiones, los políticos uruguayos siguen leyendo los libros de historia como los hinchas de fútbol leen la sección deportiva de los diarios del lunes.

