¡Adiós a mi obesidad!

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Yo, obeso

Nunca fui flaco pero tampoco gordo. De acuerdo a mi estatura, mi peso ideal es de 75 o 76 kg, donde después de mi juventud marinera raras veces estuve. Habitualmente pesaba 80, al máximo 82 kg. Mientras mi ex mujer esperaba a mi primer hijo llegué a pesar 95 kg, pero luego volví a mi peso habitual. Hasta que tuve mi Cáncer de Capricornio: hace algo más de cinco años, la inmunoterapia que hasta ahora me salvó la vida también me hizo engordar de modo rápido y fenomenal. Fue la combinación de un efecto colateral (que mi oncólogo trató con corticoides) y otra consecuencia frecuente del tratamiento: me volví hipotiroideo para el resto de mi vida. Quizá, también, tuvo que ver la ansiedad…en alguien bastante italiano para quien la vida es, antes que nada, la buena comida fatta in casa. Cuando comencé a engordar lo tomé un poco a broma, diciendo que el cáncer suele adelgazar. Pero también sentía vergüenza cuando iba cada tres semanas a recibir mi dosis de anticuerpos monoclonales en el sanatorio, en una sala donde había personas flaquísimas y sin pelo recibiendo sus tratamientos: yo estaba gordo y con toda mi cabellera.

Entonces comencé a tratar de bajar de peso. Antes, me bastaba dejar de tomar alcohol y comer pan y pastas y en poco tiempo adelgazaba. Pasé varios meses sin alcohol ni hidratos de carbono pero seguí engordando. Intenté con el ayuno de medio día y tampoco. Mi metabolismo había cambiado. Llegué a pesar 113 kg: no sólo mi ropa dejó de servirme y tuve que comprar talles XXL+. Cosas tan tontas como cortarme las uñas de los pies o atar los cordones de mis zapatos eran un problema y verme en el espejo, una lástima. Además, mi cuerpo empezó a sentir los efectos: nunca tuve problemas de presión, pero comencé a sufrir apneas de sueño y por ello, picos de alta presión. Me apareció un hígado graso moderado. Y me costaba moverme, cargando con una garrafa o bombona de gas de 20 kg y otra de 10 kg todo el día: mi cuerpo soportaba el peso que se pone en la mochila de los soldados de infantería en las marchas de ejercicio.

Yo, que me había tomado a risa la obesidad en mi novelita ucrónica Peronium, comenzaba a caminar como uno de ellos. Entonces, cuando salió al mercado argentino la copia pirateada (aún así, carísima) del medicamento estadounidense basado en la semaglutida, le pedí a una endocrinóloga que me la recetara. Comencé a inyectármela en octubre de 2025. Tuve al principio algo de náuseas y vómitos pero comencé a comer menos. Sin hacer ninguna dieta y sin más ejercicio que caminar un poco, comencé a perder peso. Con sorpresa, cuando perdí 20 kg descubrí que eran exactamente 20 cm de mi cinturón, al que tuve que hacerle agujeros nuevos pero en el extremo opuesto. Mis apneas y picos de presión nocturnos desaparecieron, mi hígado graso pasó a ser leve. Dejé de despertarme tres o más veces de noche para mear. No es cierto, al menos en mi caso, lo que leí o escuché por ahí de que si se interrumpe el tratamiento se vuelve a engordar: los piratas que roban la fórmula en Argentina por algún motivo desabastecieron al mercado durante tres meses y, sin semaglutida, no engordé nada.

Hoy fue para mí un día de fiesta: al pesarme en mi balanza como cada mañana, por primera vez rompí hacia abajo los 90 kg. Según mi índice de masa corporal, ya no soy un obeso sino que pasé a tener sobrepeso. Debería perder otros 10 kg para volver a mi peso histórico…y 15 para mi peso ideal.

Tenemos la fortuna de vivir en una época donde hay remedios que curan el cáncer, que disminuyen el colesterol malo, que hacen adelgazar y tantas cosas más. Y sin embargo hay terraplanistas antivacunas y gente que cree que el cáncer se arregla con brujerías y yuyos. O tienen 500 de colesterol malo y no toman estatinas de imbéciles que son.

Addenda alimentaria: debe hacer diez o quince años que no como una hamburguesa, desde que mis hijos eran pequeños. Jamás ordené comida por delivery ni la compré preparada o en chuchi (prefiero pasar hambre) pero compro empanadas muy de vez cuando sólo en La Aguada de CABA o comida armenia en la Panadería Armenia. A mis antípodas, el Monstruo Naranja agasaja huéspedes en la Casa Blanca, muy orgulloso de bruto que es, con comida chatarra típicamente “americana”: ojalá muera pronto de eso. Es un fiel ejemplo del país a medias ignorante que lo votó, el más obeso del planeta. El menos obeso, al otro lado del mundo, es el envejecido y sabio Japón, el pueblo que más pescado consume en este mundo.

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