8. Los uruguayos

 In Blog, Guía Existencial Argentina, V. Forasteros

Soy un admirador de los uruguayos en muchas cosas. Más allá de su educación y buen trato, me sorprende su igualitarismo ante la ley: en Uruguay no hay hijos de papá. También envidio su natural desconfianza hacia los líderes políticos: los uruguayos jamás llenaron una plaza gritando vivas a nadie y por eso su república es más salutífera que la nuestra. El caudillismo, después de Artigas y el sitio de Montevideo, no les cabe mucho: incluso experimentaron durante unas décadas con la presidencia colegiada, al modo helvético.

Pero hay un lado de los uruguayos que me asombra: un par de veces estuve en Uruguay en época de campaña electoral y pude escucharlos por la radio, leerlos en los diarios o revistas o verlos debatiendo por TV. Cuando asisto al palabrerío rebuscado de sus políticos colorados, blancos y frenteamplistas con sus aparentemente infinitos matices internos me parece que los uruguayos están locos y que en tiempo de compulsas electorales se vuelven una nación que practica el onanismo oral con un civismo admirable y sin noción del ridículo. Me resulta cómico escuchar cómo dos políticos uruguayos del mismo partido, del mismo departamento y de la misma pequeña ciudad pero de dos listas distintas pueden discutir por radio durante media hora con un empeño y pulido verbo que admira.

Los uruguayos cuando entran en celo político se vuelven tan incomprensibles para los de afuera como los argentinos y nuestras pugnas entre peronistas y radicales, bien que estos en un nivel discursivo llamativamente más rudimentario y personalista.

En Argentina puede dar vergüenza escuchar lo elemental que es nuestra clase política, de cualquier color. En Uruguay la vergüenza ajena es escuchar lo demasiado bien y mucho que hablan sus políticos, sin decir nada. Asombra tanta inquietud verbal política en un país tan quieto en los demás aspectos. Aunque el “paisito” no deja de tener sus lados oscuros, sobre lo cual escribí en El lado oscuro del Uruguay, en este blog.

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