14. El 11 de septiembre de 2001

Había vuelto pocos días antes de un largo viaje de prensa desde Buenos Aires a Hawaii vía Chicago y Los Angeles, todo en aviones de United. Esa mañana estaba escribiendo las notas de viaje en mi escritorio cuando me llamó mi madre y me dijo solamente:
–Encendé la televisión.
Yo tenía sólo una pequeña tele blanco y negro y lo que vi me dejó pasmado. Subí al auto y me fui al bar Demarco a dos kilómetros de casa, donde tenían pantalla gigante. Le pedí que sintonizaran la CNN y me senté en una mesa a ver las escenas de la primera torre, luego de la segunda y del Pentágono mientras todo eso ocurría. Nunca bebo de mañana, pero el shock que me produjeron esas escenas me obligó a pedir un vermouth con papas fritas. Lo más extraño de la situación era que la gente entraba y salía del bar Demarco sin prestar la menor atención a lo que se veía en la pantalla, como si fuera una película de ciencia ficción. Ni siquiera el Tuti que atendía el bar le daba mucha importancia. Era como estar viendo el fin del mundo en directo y que nadie alrededor hiciera caso. Me quedé hasta el mediodía congelado frente a la pantalla gigante del bar, hasta que todo terminó. La sensación de extrañeza me duró varios días: me sentía forastero en mi propio planeta, extraterrestre. Tenía frescos los recuerdos de los seis vuelos en United. En el aeropuerto de O’Hara en Chicago había pasado un buen rato conversando con una azafata de United que como yo había salido a fumar al aire libre. Un par de años antes había estado en la terraza del World Trade Center. En los días siguientes a mi extrañeza se sumó una sensación de profundo desagrado asqueado cuando leí que Hebe de Bonafini, Gustavo Cordera y David Viñas aplaudieron el atentado: todas personas que para mí dejaron de existir ese día. Otra cosa que para mí dejó de existir el 11 de septiembre es la televisión: después de haber visto eso, ¿qué más puede verse por TV?
