26. La pobre Santa María del Yocavil

 In Blog, Guía Existencial Argentina, IV. Ciudades y pueblos

En el valle de Yocavil (el valle sur de los Valles Calchaquíes) la catamarqueña Santa María es es buen ejemplo de cómo borrar todo encanto de un pueblo, si alguna vez lo tuvo. Quizá porque las casas de adobe catamarqueñas son menos interesantes que las salteñas ya que no tienen alero al frente, en Santa María no se hizo ningún esfuerzo por conservarlas ni por fomentar algún historicismo arquitectónico. Así el pueblo creció en cuadrícula en torno a la plaza y cada vecino abrazó la modernidad con su casa “de material” como mejor pudo pero sin grandes medios porque siempre fue un pueblo de modestos recursos. Aquí se ve bien cómo la conservación (Cachi, Seclantás, Molinos, San Carlos), la recreación o invención (Cafayate, Angastaco, La Poma) o la pérdida de la identidad arquitectónica (Santa María) es una cuestión cultural que en parte refleja la historia socioeconómica de los Valles Calchaquíes entre los extremos salteño al norte y catamarqueño al sur, al punto que la tucumana Amaichá del Valle reúne un poco de las tres cosas.

En el Calchaquí feudal de los grandes terratenientes salteños hace uno o dos siglos ya había recursos humanos y económicos como para construir algunas de las iglesias y casonas de adobe más ambiciosas de Argentina, algo que no sucedió en Santa María o en Amaichá. El feudalismo terrateniente perduró hasta mediados de siglo XX, cuando la única reforma agraria que hizo Perón trancó las puertas a la modernidad por la vía del minifundio. Pero al menos hizo dueños de sus pueblos y tierras a sus habitantes originarios y el resultado no fue tan malo: hoy se ven bastantes campesinos lugareños circulando en flamantes camionetas de doble tracción.

En el Yocavil no hubo grandes señores feudales ni reforma agraria y una mala división política anexó a Catamarca una población que todavía hoy tiene pésimas comunicaciones con su capital: un viaje de casi todo un día en auto. Santa María creció sin tradición ni aborigen ni hispana, como un pueblo de tenderos inmigrantes. Así en Santa María no hay ni una sola pieza interesante de arquitectura pero sí algunos adefesios: la iglesia construida por los agustinos españoles hace pocos años es bastante fea por fuera, algo menos por dentro.

Sin raíces coloniales, Cafayate es un pueblo casi artificial construido a efectos turísticos, pero que creció bastante bien y cumple su función. Tiene un clima urbano coherente y una gastronomía de sabores regionales bastante desarrollada, además de media docena de bodegas en los alrededores.

A veinte leguas de allí, Santa María no supo, no pudo o no quiso hacer nada parecido y creció anti-turística y anónima. Hace más de veinte años, cuando relevaba la región para la primera Guía Pirelli, fui muy bien recibido por los voluntariosos encargados de turismo local que justamente para compensar lo mucho que les sacaba Cafayate del poco turismo que había entonces me mostraron todas las ruinas de la zona y también los petroglifos del contiguo valle del Cajón, al otro lado de la Sierra de Quilmes. Nada cambió: el museo arqueológico local está igual de pequeño y precario, las ruinas siguen sin puesta en valor y ni la hotelería ni la gastronomía progresaron.

En Yocavil está lleno de chivos, pero no hay un sólo restaurante o comedor de Santa María que sirva cabrito: eso los lugareños lo comen en su casa y como no hay turismo, la oferta es para lugareños: bife de chorizo, supremas a la Kiev, Maryland o Suiza, pizzas y pastas con cero sabores regionales. Es paradójico: Santa María tiene su arco de entrada desde Amaichá y su oficina de turismo y finge desear el turismo, pero le ofrece hospedaje y comida para viajantes de comercio, un museíto polvoriento, unas tristes ruinas desatendidas y poco más.

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