27. Las iglesias (católicas) argentinas

Mucho o todo lo que antecede se resume en la arquitectura eclesiástica argentina, que bajo este punto de vista es interesantísima y única en el mundo. Al menos hasta fines del XIX o principios del siglo XX, gracias a los fieles o a su propio peculio, la Iglesia de Roma fue en nuestra tierra el principal comitente privado de obras arquitectónicas. Buenos Aires y buena parte de la Argentina eran un lugar embromado para construir iglesias: o no había buenas maderas o no había piedra o si las había, no había suficientes indios de paz para poner a la obra como en México o Perú. Los jesuitas con sus indios, esclavos africanos y arquitectos europeos refugiados en su orden hicieron sin embargo maravillas. Para mí, “la” iglesia argentina es la de la Compañía de Jesús en Córdoba: es una pena que este templo no haya sido tenido en cuenta como modelo arquetípico de iglesia argentina con la despojada renuncia de su fachada pétrea y el asombroso ingenio ingenieril de su techado en madera que es gótico en su esencialidad, náutico y moderno en su concepto de casco invertido y profundamente criollo en su decorado. La Catedral de Córdoba es la más notable de Argentina por su edad, osadía y originalidad estilística, solidez arquitectónica, fasto decorativo y dignidad de emplazamiento. En la ciudad y la provincia, Córdoba tiene varias otras de las más bellas iglesias argentinas de época colonial, todas hechas por los jesuitas.
En Misiones la historia es más triste y es la versión argentina o sudamericana (es decir incluyendo al Brasil y el Paraguay) del Angkor Vat camboyano es decir el templo abandonado y devorado por la jungla y del camboyano Pol Pot, es decir del exterminio de un entero pueblo aquí no a cargo de comunistas sino de bandeirantes paulistas. El significado de las ruinas de las misiones jesuíticas desparramadas entre Argentina, Brasil y Paraguay no es arquitectónico porque de ellas quedó poco más que los cimientos, incluso de grandes y nobles edificios, sino político. Es decir: sepan todas las generaciones futuras de esta parte del mundo al contemplar estas ruinas que el poder del mal (la imbecilidad y la codicia humana) pudieron reducir a nada una arquitectura, un admirable artesanado en madera, una cultura musical originalísima, una incipiente metalurgia, una economía agrícola, un estudio y apreciación ordenado y sistemático de la naturaleza. Todo se fue al mierda por culpa de Roma y del rey de España y los bandidos, incluyendo a otras órdenes religiosas envidiosas de los jesuitas.
En el mismo tiempo colonial los arquitectos jesuitas trabajaron mucho y bien en Buenos Aires construyendo más de media docena de templos (de ladrillo, ya que no había piedra) de muy noble arquitectura que lucirían mucho más de lo que lucen si no fuera por el ahogo edilicio que los circunda y la demencial campaña de “hermosamiento” de fachadas que entre fines del XIX y principios del XX demostró que la Iglesia de Roma en Buenos Aires era tan frívola y estúpidamente adicta a la moda pasajera como la oligarquía local. Por dentro los templos de austeros interiores fueron arruinados por benevolentes pintores italianos de frescos religiosos que sobrecargaron y oscurecieron cúpulas y bóvedas, mientras el resto se llenó de dorados barroquismos o barroquitos. Por fuera hubo arquitectos, otra vez italianos, a sueldo que liquidaron la sencillez de la fachada jesuítica cargándola de mariconadas dóricas, jónicas y corintias al gusto de la época. La porquería fue tan ostensible que en la década de 1940 un Estado con alguna conciencia de la historia nacional tuvo que hacerse cargo de demoler algunas de estas payasadas arquitectónicas y repristinar el aspecto original de la fachada, como en las iglesias del Pilar en Recoleta, de San Francisco en Santa Fe o de Cachi en Salta.
Del tiempo colonial entre Córdoba y el Noroeste quedan docenas de conmovedoras iglesias y capillas de adobe más o menos refaccionadas: aunque le duela a los puristas, el adobe es un material “vivo” que requiere manutención incluso en aquellos climas donde llueve poco y sólo en verano; es además un material tan económico y plástico que invita al agregado o la reinterpretación de manera que ninguna construcción de adobe permanece intacta e idéntica a través de los siglos sino que “va haciéndose” de barro pisado con paja a través del tiempo. Para mí, la capilla de adobe más linda de Argentina es la de Susques en Salta seguida de cerca por la de Fiambalá, en Catamarca y la de Yavi en Jujuy. Pero en la porción norte y más vieja y reseca de nuestro país hay docenas de otros ejemplos, más o menos logrados y refaccionados. Y también hay varios ejemplos de capillas de adobe contemporáneas que retoman el lenguaje tradicional y demuestran que se sabe y se puede todavía construir templos así.
Luego tenemos un amplio catálogo de arquitectura religiosa neoclásica, italianizante y barroca que fue edificada ya en tiempos de nuestra república independiente y nada mal, apelando más que nada a arquitectos italianos o suizo italianos, como los hermanos Canepa: ahí están las catedrales de Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero, San Luis, Paraná, Rosario y otras ciudades de provincia, o las capitalinas iglesias La Redonda de Belgrano y la iglesia de Flores, todas de sorprendente y lograda arquitectura. Ninguno de estos templos desentonaría en su escala, factura, materiales y decorado en las ciudades más turísticas del sur de Italia… pues fueron hechos todos por arquitectos y artistas italianos de mucho oficio que encontraron la formidable oportunidad que les ofrecía la Argentina de esa época. Y no defraudaron.
Después tenemos una larga docena de formidables templos neogóticos desde las catedrales de La Plata, Mar del Plata, Mercedes y San Isidro a la Basílica de Luján y la increíble parroquia del Sagrado Corazón en Córdoba. Aunque fueran construidas con ladrillos, cemento y hierro había que tener un par de grandes cojones y mucho conocimiento histórico y técnico para largarse a proyectar y construir esas iglesias en las pampas de fines del siglo XIX y principios del XX. No recorrí Estados Unidos y Canadá (que son los únicos dos posibles rivales en esta materia) lo suficiente como para afirmarlo categóricamente, pero creo que la Argentina posee el patrimonio de arquitectura neogótica más deslumbrante del Nuevo Mundo.
Es una pena que el lenguaje románico (que la folletería y guías turísticas más ignorantes en Argentina confunden a menudo con un “romántico” que no existe) no haya tenido muchos más ejemplos que el claustro de la iglesia de Nueva Pompeya y la iglesia de San Martín de Tours en Buenos Aires, con algunos otros escasos ejemplos desparramados en el interior. En términos puramente estilísticos, por su sencillez y solidez constructiva, se me ocurre que el neorománico en ladrillo era el lenguaje más adecuado para la arquitectura eclesiástica argentina.
Además está el repertorio de catedral, iglesias y capillas que proyectó el arquitecto Alejandro Bustillo en Patagonia y en Misiones que bien miradas una por una son admirables y de lo mejor que podía hacerse con los materiales, técnicas y recursos a disposición en el lugar, además de logrados ejemplos de adecuación a un entorno y propuesta estilística.
Incluso en el lenguaje de la arquitectura religiosa moderna tenemos algunos ejemplos notables, como la iglesia Nuestra Señora de Fátima en Martínez (Buenos Aires) que simboliza el estilo “casas blancas” y la capilla de acero de la ex Somisa en San Nicolás.
¿Hay iglesias feas en Argentina? Claro que sí: la ciudad de Corrientes tiene varias y la vecina Resistencia también; las veneradas basílica de Itatí y el santuario de Santa María del Rosario en San Nicolás son espantosas y parecen centrales nucleares antes que templos. La catedral de Mendoza es triste y fea sin perdón y el simplificado neogótico misionero orilla frecuentemente en el mal gusto. En Patagonia hay muy pocas iglesias recordables. Y sólo un ingeniero militar podría haber diseñado una parroquia tan horriblemente cuartelera como la de (Nueva) Federación, en Entre Ríos. Así hay muchos otros ejemplos de templos católicos edificados con apenas un poco más de ambición arquitectónica que los más recientes templos evangelistas, que admiten cualquier arquitectura o ninguna.

