El mundo está hecho pelota
Los terrícolas tienen varios problemas globales: cambio climático y ascenso del nivel del mar, la inteligencia artificial en manos de piratas chiflados, algunas guerras y masacres por aquí y por allá y las grandes potencias gobernadas por xitrumputines. Súmese un Kim Jong Un, un Netanyahu con sus ministros nazifascistas, un ayatolá invisible y su tanatocracia y diríase cartón lleno. Pero no, faltaba la cereza sobre la torta. Como si el mundo no anduviera bastante hecho pelota, ahora tenemos la copa mundial de pelota.
Más allá de que detesto a ese deporte (que ya de deporte tiene poco y mucho de negocio sucio, violencia y espíritu antideportivo) lo que se y lo que leo sobre lo que acaba de comenzar y durará un mes me produce más náusea que interés. El presidente del organismo que lo convoca es un personaje de aquellos que en italiano se dicen “meglio perderlo che trovarlo”. Fue condecorado por el tirano Putin por llevarle (en 2018, cuatro años después de que invadiera Crimea y el este de Ucrania) el campeonato a su país, gran ejemplo de “sportwashing”. Cuatro años después volvió a lo mismo: “sportwashing” para la autocracia de Qatar, a cambio de quién sabe qué: el tipo tiene una mansión en ese paisito rico sólo de gases y petróleo donde podrían jugar al fútbol en dromedario. Y otros cuatro años después, aduló a Trump con un grotesco (e inventado) trofeo y medalla de la paz (¡!) al presidente estadounidense más belicoso que se recuerde. El sinvergüenza, además, forma parte de ese ridículo “comité para la paz” pergeñado por Trump al que desde acá abajo aportamos un energúmeno que no desfigura entre las nulidades que lo componen. A un individuo de esa calaña no le compraría ni siquiera un triciclo usado. Y me cuido bien de darle un centavo a su federación internacional, de la que hay varios malvivientes presos.

El mundo hecho pelota se grafica con unos pocos números. La federación internacional de atorrantes que organizan este certamen calculan facturar 16 mil millones de dólares al cabo de un mes de peloteo. Desde los derechos de televisión a las entradas y hasta los álbumes de figuritas. Estiman que unos 6 mil millones de terrícolas (4/5 de la población del planeta) lo mirarán por televisión, algo que me saca las ganas de ver incluso la final del torneo, también si Argentina llegara hasta allí. Los vendedores monopólicos de este antideporte calculan que un total de 5 millones de personas pagarán la entrada (de precios desorbitados) para ver los 104 partidos de la copa. El racismo fronterizo yanqui con jugadores, técnicos y fans árabes y africanos es vomitivo, único en la historia.
Me náusea la propaganda asociada al asunto y me revuelve las tripas ver cómo se sube a este delirio el periodismo local y global, en muchos casos sin el menor pudor crítico. Y me resultan eméticos esos intelectuales “progres” que durante el próximo mes se convertirán en comentaristas deportivos.
Además, un mundial de calcio sin Italia es como bailar tango solo, cosa que pareciera estar poniéndose de moda.
Yo, marciano.
